CANTO RODADO
Me duele Palestina

Me duele Palestina. Me duele Palestina igual que a ti. Y a ti. Y a ti. Y a vosotras. Y a la niña que pintó «Viva Palestina Libre» en la hoja de un calendario caducado al empezar el verano.
Me duelen el hambre y los cuerpos moribundos de huesos pegados a la piel moribunda.Me duelen las balas que enfilan a los estómagos, las piernas, el corazón o la cabeza de las palestinas y palestinos que se atreven a perder la vida en las colas del hambre en un último esfuerzo de supervivencia.
Me duele la crueldad de la masacre televisada, del genocidio consentido y armado con el dinero de una civilización hipócrita.
No es un dolor individual, el mío es parte de un dolor colectivo. El dolor de la impotencia y de la desesperanza.El pueblo palestino lleva casi ochenta años de exilio desde que la primera generación salió de territorios ocupados. Ahora planifican su exterminio y reducción a una colonia controlada. Hablan de crear un resort turístico. Prometieron no repetir la historia. Pero este genocidio revive la crueldad de episodios como la aniquilación de pueblos indígenas en la Patagonia a finales del siglo XIX y principios del XX o el parejo genocidio alemán en África suroccidental. Al holocausto de judíos, gitanos, homosexuales y republicanos españoles. La diferencia es que ahora sabemos que el mundo tiene una herida abierta en Gaza que duele a cualquier persona que no haya perdido la humanidad y la compasión.
Necesitamos el faro hundido de Alejandría para encontrar el norte de la humanidad perdida.Necesitamos la luz del Mediterráneo para iluminar las almas oscuras. Los cuerpos perdidos como atlantes desesperados. Una ventana de oxígeno para no perder la esperanza. Una Ítaca hacia la utopía. Necesitamos abrazar a los muertos de hambre en sus huesos fríos. Parar las bombas, detener a los genocidas y acabar con el apartheid en Palestina. Necesitamos un mar profundo para hundir la vergüenza de nuestra civilización. Un pozo sin fondo para arrojar las armas y derramar el agua sobre el desierto para que crezcan los olivos.La crueldad a la que nos están acostumbrando tiene el poder de paralizarnos. Desistir de la esperanza y aceptar la deshumanización de los cuerpos amontonados en carros o destrozados entre los escombros, como cascotes inanimados. A pesar de todo aún hay algo que hacer. Podemos dejar escrito en la historia que hicimos algo por evitarlo. Necesitamos un nuevo faro de Alejandría para recuperar el norte de la humanidad. Necesitamos transformar el dolor en acción, el lamento en solidaridad y el estupor en una cadena humana que recorra esta Europa arrodillada. Unir nuestro dolor en una voz multitudinaria que no nos haga cómplices de un holocausto. Que el coraje de la ciudadanía decrete el alto el fuego y los gobiernos sepan que las vidas palestinas importan.