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De la ecuación a través de la cual la realidad ha terminado por transformase en poco menos que un espejismo, esa ecuación compuesta por «medios, tecnología y ciencias», casi el único término que se salva de colaboracionismo con la falsedad es el último. La ciencia, por su naturaleza, alberga en su seno un proceso propio de validación empírico, a salvo de manipulación de tintes ideológicos: las ciencias mantienen la objetividad, nos salvaguardan del espejismo, es decir, de nosotros mismos. Son un bastión contra la loca de la casa, la imaginación, sin la cual tampoco nosotros habríamos sido nosotros, sino que nos habríamos perdido por la misma oscura senda que lo hicieron los neandertales. Ese delicado equilibrio entre disciplina y ensueños que hizo prosperar a la especie nunca ha dejado de estar en entredicho: hubo largas épocas oscurantistas en que nada más el sentido común de unos pocos valientes, trabajando en la sombra, permitió aumentar nuestra humanidad. La estatua de Giordano Bruno en el Campo dei Fiori romano nos recuerda que existieron hombres que murieron quemados por atreverse a enunciar la verdad contra las creencias de su tiempo, a costa de lo más valioso que todos tenemos: la vida. Hace no mucho, todavía hemos escuchado en nuestro senado un discurso supuestamente investido como «científico» lanzado por un viejo político de probada valentía frente al terrorismo, pero, como comprobamos ahora, a cuya inteligencia le falta una patata para el quilo. Se reunía en la Cámara Alta una organización internacional antiabortista y el exministro Mayor Oreja tomó la palabra en defensa de la vida nonata. Para ello, y sólo él sabrá por qué sinrazón, abogó por «la verdad de la creación frente al relato de la evolución».

No existe un «relato» de la evolución, como no lo hay de la gravedad. Ni relato, ni mito: evidencia científica avalada por hechos verificados. Negar la evolución es como negar la edad, que también es un cambio biológico a través del tiempo. Además, Darwin nunca trató de explicar el origen de la vida, sino el de las especies. La forma presuntamente progresista de negar la evolución también existe: consiste en rechazar la existencia de razas, que biológicamente son incuestionables: seríamos la única especie evolucionada que no las tuviera. Otro asunto es politizar esa evidencia.

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