¡¡Extintores!!
Qué aprenderemos de los fuegos devoradores que nos pillaron en bragas? ¿Será posible serenarse y razonar en el indecente espectáculo de políticos cagasentencias acusándose... o de una derechazi que los aborrece exigiendo que ardan en esa gran hoguera o en las brasas que aún humean? ¿De dónde sacar la lección final y el escarmiento que reduzca el próximo quemón? ¿Extinguiremos la idiotez nacional?... Acudió ayer don Pero Grullo a concejo tañido y vacío alegando que lo mismo que se exige por ley que haya extintores en cada establecimiento público o comercial, locales, talleres o instalaciones, debe exigirse esa misma ley en el campo para cada bosque o municipio con masa forestal o superficie incendiable, pudiendo disponer así de una más rápida respuesta que ataque el fuego en sus inicios sin tener que esperar un tiempo fatal a que lleguen de lejos unos medios a menudo incapaces con la devastación ya servida. No pide la luna. Esos «extintores» no consisten en parques de bomberos como tales (utópicos o insostenibles), sino en un equipamiento de emergencia con una mínima dotación de agentes habilitados o voluntarios civiles que pueda movilizarse al surgir la urgencia, fórmula habitual en Estados Unidos donde dependen de la autoridad local con supervisión y asistencia de otras instancias. ¿Cuántos fuegos se habrían atajado en su velocidad voraz de haber existido esta respuesta extintora inmediata?... Aunque añadió Pero Grullo que, con ser bastante estos «extintores», ha de verse algo más, pues para llegar a las llamas en lugares que hoy dicen inaccesibles habrá que tener habilitadas y operativas pistas y sendas forestales o el viejo camino carretal que invadió el monte bajo y selvático bloqueando el paso a la impunidad del fuego... o sea, intensa tarea forestal de invierno, mantenimiento del monte, desbrozamiento y cortafuegos, lo que viene a significar gran empleo rural con decidida inversión de la lejana política que sólo hoza en lo urbano como único caladero electoral despilfarrando en tanta obra inútil, lujo idiota y alardes de paleto rico. Ahí le duele, dijo. Y calló don Pero Grullo sin que nadie le escuchara.