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Ruina montium llamó el romano a su técnica ingeniera de derribar montes enteros a base del agua con que inundaba pozos y galerías que antes furacaba en ellos a pico y pala haciéndoles reventar las tripas con explosión hidráulica y provocando argayos que arrumbaban las tierras ladera abajo donde se lavaban los áridos para desentrañarles las pajuelas de oro nativo, dejando en la artesa de los valles largas murias y montoneras de morrillo y gravas. Así se esculpieron Las Médulas que también son medulillas en el Burbia, el Omaña, el Eria o el Duerna. Pero hoy los montes se arruinan abandonándose a su suerte para que sea el fuego quien los abrase y que después la lluvia torrencial los descarne de su tierra y manto vegetal adelgazando su vigor hasta desenterrarles la estéril roca madre. En la Babia de roca pelada está un cruel ejemplo tras lo mucho que incendió y deforestó la «gloriosa» Mesta merinera. Nuestros montes están bien servidos hoy de otra ruina. La masa forestal creció un 30% en los últimos 40 años y de poco o nada vale tanta explosión vegetal si no sirve, no se aprovecha, no se trabaja, no interesa, no se cuida, no se mira. Sólo el 3% de estos robledales y encinares es maderable. Entonces, ¿a quién le valen los montes?, ¿quién los mira si sus ojos no salen de un ombligo despoblado?, ¿cómo hacerlos servir de nuevo aunque sólo sea como reserva natural?... Pues laborándolos, amigo mío, metiéndoles gente, medios y dineros en sus adentros y menos rotondas con esculturas en sus afueras o farolas vienesas en la plaza del pueblo con alcalde paleto... porque, si no, todo ese fragor forestal se hace ruina anunciada con tizón escrita. Garantizado está el incendio venidero. Y los agostos flacos de noticia seguirán ofreciendo grandiosos espectáculos de fuegos artificiales... y naturales, los mejores... con sus políticos necios e incendiarios haciéndonos arder la cabeza, mientras seguimos pensando que con nosotros no va la cosa, que es asunto del Estado... o sólo pena de las pobres gentes que lo sufran sin que nos cuesten más de una lagrimita, pues nuestra compasión nos dura lo que tarda una cerilla en apagarse.