Creado:

Actualizado:

Han desaparecido oficios que llevaban milenios con nosotros, la lista de artesanías extintas sería más numerosa que la de los tipos de dinosaurios, cada vez son menos el número de especies animales y vegetales que nos acompañan: acaso hemos cambiado de periodo histórico sin apenas percatarnos, igual que los diminutos e industriosos mamíferos no se enteraron de que eran los herederos de la Tierra hasta milenios después de estar alimentando con leche a sus curiosas crías de sangre caliente. ¿Qué meteorito nos ha caído encima? Porque un silencioso cataclismo ha debido de ocurrirnos. Uno tan discreto que no produjo ni estruendo. Algunos lo llamarían simplemente progreso, si no fuera porque sus consecuencias son tan arteras que ya estamos viéndole las orejas al lobo de una regresión inminente, sin entrar siquiera en la posibilidad del apocalipsis de una extinción de nuestra especie que no sería global, ni inmediata o catastrófica, como tampoco lo fue la de los neandertales, que estuvieron apagándose miles de años.

Lenta y minuciosamente, nos alerta la ciencia, el planeta pierde biodiversidad. Sin prisa pero sin pausa, los humanos somos más, mas el resto de especies pagan la factura de nuestra alegría reproductora como reyes de la cadena evolutiva. Por esa razón, se ha propuesto llamar a esta nueva era, hasta ahora conocida como Holoceno, Antropoceno. Era marcada por la acción del hombre sobre la geología y la naturaleza, sobre el clima y la habitabilidad menguante de un planeta que gira alrededor de una pequeña estrella que, como todas, corre hacia su extinción entre llamas de hidrógeno.

No pinta bien el cariz de la situación que nos exponen los científicos. Si el aleteo en Hong Kong de una mariposa puede provocar una tempestad en Nueva York, la desaparición de una sola especie de insecto como la abeja, ya catalogada como protegida, dejará sin cosechas a toda la humanidad. Es conocido el caso del experimento ecológico del parque de Yellowstone, donde la reintroducción del lobo controló a los alces, recuperó la vegetación y hasta cambió el curso de un río, además de producir un gran aumento de la biodiversidad. Todo, en la naturaleza, está interconectado. Estamos jugando con fuego mientras no comencemos a comportarnos como lo que somos: eslabones, simples piezas de un conjunto mayor.