Diario de León

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Me dicen que lehendakari significa etimológicamente «el que ejerce de primero». De tal ejerció como leonés Pepín Cachafeiro, al que las circunstancias le habían llevado a San Sebastián a finales de la década de los sesenta o siguiente del pasado siglo, si la memoria no me falla en exceso. Volvía con frecuencial a su tierra y, según me cuenta un amigo suyo que lo visitaba en la de adopción, allí lo conocían en su ambiente como el lehendakari de León. No hace falta explicar nada, tratándose, como se trataba, de un hombre de iniciativa, cercano siempre, con la amistad muy abierta, alegre y generosa. Y con el amor compartido de ambos territorios. Una garantía de buena vecindad.

La presencia del apellido Cachafeiro en tierras de Gordón es de curiosa y larga raigambre, con asentamiento de familias muy queridas y activas en la zona. A algunas de ellas la guerra y la posguerra les vapuleó sin piedad, especialmente por parte del cruel y malvado sargento Monedero, de tan infausta memoria. Pepín Cachafeiro recaló, como queda dicho, en San Sebastián, donde creó Lácteos Katxa, una empresa familiar que se prolonga en sus descendientes. Nunca olvidó su tierra, que visitaba con cierta periodicidad, siempre haciendo gala de su proverbial simpatía, siempre agradecida en su pueblo, Santa Lucía.

Como la memoria histórica es muy frágil, quiero dejar constancia de un hecho, de unos hechos ocurridos en Santa Lucía en septiembre de 1937, antes del bombardeo definitivo y verdaderamente destructor del día 13. Se producían entonces con cierta frecuencia vuelos de reconocimiento y desgaste de aviones alemanes e italianos, con apoyo terrestre. El ruido de los motores y las posibles y reales temidas consecuencias obligaron a la población civil a tomar algunas medidas de alerta que en la población minera con nombre de santa tuvieron como protagonistas a dos adolescentes de unos trece o catorce años entonces: Pepín Cachafeiro —el futuro lehendakari de León— y Herminio López Llamas —el Cano-. Uno de ellos subía al Cueto de San Mateo de madrugada; el otro, a la Peña del Castro. El primero había de fijarse permanentemente en ver si aparecían aviones en el horizonte. En caso de que ocurriese, un toque de corneta convenido alertaba al segundo, situado en la Peña del Castro, y este, con nuevo y prolongado toque, a la población. Esta, despavorida, inquieta lógicamente y temerosa, corría en busca de refugio, acaso en los túneles del ferrocarril, sobre todo en las cuevas —Mediavilla, Pacho, Faya, El Cascajo-. El desconcierto y la profunda alteración de la vida cotidiana, ya alterada por la propia guerra, mantuvieron en vilo durante días a la población.

Quede el relato, al menos como pequeño antídoto contra el olvido. No son buenos momentos para la memoria común.

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