FUERA DE JUEGO
Bolsa menguante
Los grandes cambios sociales son, probablemente, esos que avanzan un pasito cada día, pero no terminan de percibirse bien hasta que ha transcurrido un cierto margen de tiempo. La evolución va sellada a fuego en el ADN del ser humano y todos los inmovilismos están condenados al fracaso. Nada es para siempre, según nos dicen. Ni siquiera los diamantes.
Ahora, la duda clave es si en ese movimiento está activada, en estos tiempos que transcurren, la marcha hacia adelante o más bien hacia atrás.
La sociedad española, más allá de las nuevas tecnologías y del omnipresente móvil, no es la misma. Ya son muy numerosos los nacidos en el siglo XXI. Ahora se nos alarma con que nos abrasa una crisis de la vivienda, como si hubiese comenzado ayer al final del telediario de las tres. Quizá sea bueno que gane enteros un asunto así en el noticiero, como un termómetro adecuado de que algo falla. Pero las cosas vienen de lejos, cargadas de lastres.
Debería ser asumido por todos, aunque en eso el consenso es realmente imposible, que la clave de la libertad está en la independencia económica. Y ahí España lleva demasiado tiempo degradándose, con evidente empobrecimiento de unas franjas cada vez más gruesas de la sociedad, que se aleja de aquel mito de la clase media, que siempre es el mejor sustento para mantener bien alimentada cualquier democracia consolidada.
El abuelo fue minero, operario en una térmica, siderurgia o astillero, fabricaba coches, trabajaba en las telefónicas, endesas o bancos, tenía un comercio familiar... Vivía en un piso que pagaba poco a poco, tenía coche y se iba a la playa unos días en verano. Midiendo cada gasto, especialmente si había un solo sueldo en casa. Pero con algunas alegrías de vez en cuando. El conflicto llega para el nieto, reponedor en una franquicia, «servicial» a cuatro manos en la hostelería, o repartidor en bici y patinete con una bolsa en la espalda.
La perversión de la permuta hacia la paguina, la ayuda pública o el paraguas familiar, a la espera de que surja algo mejor, está «matando» a unas generaciones a las que será difícil de convencer de que no escuchen en su móvil —lo de leer está sobrevalorado— a telepredicadores que esputan bálsamos milagrosos que nada tienen que ver con aquel derecho de hombres —para todos— que se gestó hace cinco siglos en Salamanca. De libertades sin tutelajes.