NUBES Y CLAROS
Una especie sin vía de extinción
El peligro es quedarse con la sensación de que las personas con comportamientos acosadores en el terreno sexual están instaladas en la izquierda ideológica, creencia quizá útil en la rentabilidad política pero muy miope en la percepción del entorno, y lamentablemente negacionista (y por tanto obstaculizadora de cualquier cambio) sobre la realidad social. Por qué ahora se destapa una sucesión de denuncias que permanecían silenciadas, y por qué sólo afectan de momento al PSOE (con sus casos en Sumar), es cosa a analizar. Cualquiera ha conocido, conoce y tristemente conocerá conductas despreciables. Tan históricamente normalizadas que lo raro es ciertamente que se denuncien. El guarro, el baboso, el obsceno, o simplemente el plasta, no es ni mucho menos una especie en extinción. Y el consentimiento general de sus actitudes no delata sino el larguísimo camino que todavía queda por recorrer para alcanzar la meta del respeto real.
Un consentimiento que invade a los propios mecanismos creados, con gran despliegue publicitario, precisamente para combatirlo, para facilitar a las víctimas un trayecto siempre amargo pero presuntamente más acompañado que el calvario judicial de este tipo de procedimientos. Ha fallado lo que no podía fallar, al menos para iniciar actuaciones una vez tomada nota de los agravios señalados. Se trataba sólo de comprobar, antes de sancionar en caso de que fuera necesario, y no se ha actuado con la diligencia exigible. Eso pasará, debe pasar, factura a quienes han actuado como encubridores, con conocimiento de causa o por inexplicable indolencia. La pasa también a los millones de ciudadanos que hemos confiado, confiamos, en que esta lacra ha de desaparecer de los entornos laborales y sociales, y en que sea el propio entorno, ellas y ellos, quien frene al primer mohín cualquier intento no ya de acoso, sino de incómoda actitud.
En un momento desesperanzador, en el que los escándalos intolerables se suceden frenéticamente hasta opacarse unos a otros, viene a sumarse a la decepción la cascada de ceses y dimisiones por supuestas conductas deleznables. Pretender que son exclusivas de una parte del poder o la sociedad es hacer flaco favor a la causa que busca erradicarlas. Que cada cual mire debajo de su alfombra. O a la mesa de enfrente.