Safaris humanos para turistas crueles
Dicen que todos, o la mayoría, tenemos una vida pública, otra privada y una tercera secreta. Con no mucha frecuencia, pero realmente en esta última se encuentra también la máxima expresión de la crueldad, esa encapsulada crueldad individual que tratamos de arrinconar de la vista ajena, que la crueldad social es fácilmente constatable, aunque se intente mitigarla con el barniz de lo impersonal, de la carencia de autoría. Parece que la sociedad actual desbroza los caminos que conducen a una notable vacuidad de sentimientos. Hay datos que llevan a la mayor de las tristezas colectivas, amparadas por la tenaz presencia de un hijoputismo soberano que incluso se pretende disimular, cuando no enterrar a cal y canto, con la sonrisa lenguaraz del poderoso. Uno no acaba de explicarse cómo sujetos de tal ralea pueden vivir impunemente.
Los hechos a los que alude verdaderamente esta entrada, que, por supuesto, está bajo el paraguas de presuntos, se remontan al terrible cerco que sufrió Sarajevo entre 1992 y 1995. A los acontecimientos dolorosos por los que atravesó la ciudad se une ahora uno de los capítulos más oscuros de la reciente historia europea: la Fiscalía de Milán ha abierto una investigación para esclarecer las acusaciones lanzadas por un exagente de la Inteligencia bosnia según las cuales particulares italianos —la referencia se abre ya a otros países, españoles incluidos— acudieron a Sarajevo para participar en cacerías humanas. Como lo oyen: viajes organizados, con un coste total de unos 100 000 euros, al parecer cobrados por milicias serbias para disparar durante un fin de semana como francotiradores contra civiles indefensos. Elegían a quién querían matar, de forma aleatoria y caprichosa, aunque cada uno tenía un precio, más alto, al parecer, los niños y las mujeres. Los francotiradores, apostados estratégica y cómodamente, eran personas adineradas, aficionados a la caza y las armas, que buscaban una nueva forma de intensificar la adrenalina, verdaderos sicópatas con influencia social y política capaz de encubrir actos tan bárbaros y deleznables. Llegarían a casa después del fin de semana sembrando muertes caprichosas e inexplicables con el pecho henchido de gozo. Qué horror. Pagaban por matar, por el placer de matar. ¿Tiene calificativo tal barbarie?
Se contemplan en la investigación delitos de asesinato con agravantes de premeditación y crueldad que, afortunadamente al menos, no prescriben. Lo macabro, sicópata y enfermizo se dan aquí la mano. Solo cabe urgir, en la medida de lo posible, el avance judicial del caso y su procedimiento. La situación mundial que estamos viviendo no debe posibilitar el más mínimo resquicio para asesinos, organizadores y posibles encubridores. Por dignidad, decencia y salud mental.