Diario de León

AL TRASLUZ

Eduardo Aguirre

Eduardo Aguirre

Cosquillas eléctricas

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Marta insiste que estoy perdiendo oído, solo porque ayer, en medio del desenlace de una de mucho misterio pregunté: «¿quién ha dicho que es el asesino?», y ella me soltó: «Tú». Y contesté: «¡Ah, él! Estaba clarísimo!». En fin, quizá mientras usted me lee me estén quitando unas onomatopeyas del oído. Este año lleva ya uno escuchadas muchas estridencias insanas. Y como no se puede sordear para unas cosas sí y para otras no, sin que te pillen el truco, me pasarán el plumero. Pero no es la acústica mi única ITV. Dado que cojeo ligeramente, en el Centro de Salud han empezado a darme un agradable cosquilleo eléctrico en el cartílago del pie izquierdo. Lo de las cosquillas funciona, pues ahora mi dedo gordo le entra la risa floja cada vez que voy a ponerle el calcetín. «Estará contento, Aguirre, ya cojea como el Lepanto que tanto le gusta», dirá mi lectora centenaria. Ese era otro, señora mía. Además, como decía mi madre: «Todo se pega, menos la hermosura». A partir de los diez años, todo es ya feliz declive.

Pero volvamos a la pérdida de audición. Una vez finalizado el desenlance de la película, le pregunté a Marta con la mosca tras la oreja: «¿Acaso me cambiabas por dos yoes de treinta que oyesen bien?». Ella sacó la calculadora y concluyó: «por tres y medio cerramos el trato». Se nota que en casa lleva ella la contabilidad. A veces, me espeta: «¿pero tú no me aseguraste que los Aguirre mejorabais mucho con los años?». En el noviazgo y en las campañas electorales todos hiperbolizamos mucho, aunque algunos más que otros. De acuerdo, ahora ya no diferencio de lejos a Paquirrín de Jennifer López. En cuanto a oír peor… tiene sus ventajas: si me llamas tostón te agradeceré que me hayas llamado Platón. Y sí, ya arrastro algo los pies; tampoco a mis 67 años pretendo alcanzar corriendo a mi lectora centenaria. No tengo prisas.

Lo admito: oigo y veo menos que antes. También, camino más despacio. Cada etapa tiene sus improntas, y no tengo interés en presentarme al casting para seleccionar al nuevo James Bond. Pero aún puedo escuchar la melodía sagrada de la vida, aún diviso con nitidez el destello de la Verdad… y no me retraso demasiado en agradecer las muchas bendiciones recibidas. Ah, la vida.

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