Diario de León

EL MIRADOR

Pío García

Pío García

De Teodorín a Nicolasito

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Debo confesarles que cultivo una pasión sincera por los hijos de los dictadores. En el debate sobre la meritocracia y la cultura del esfuerzo tienen algo importante que decir. Con frecuencia se ven obligados a soportar diminutivos sonrojantes, que les habrían hecho sufrir bullying en el colegio si no fuera por esos guardaespaldas suyos, que tenían pinta de saber manejar tenazas y electrodos. Hasta ahora no me decidía entre Teodorín y Gadafito. Los dos son ejemplares magníficos, aunque Teodorín Obiang tiene mejor currículum y en la wikipedia aparece con unas espectaculares gafas de fornicador. A Gadafito le perdí la pista cuando a su padre se lo cargaron, pero es el vivo ejemplo de que los libros de autoayuda tienen razón: ¡si quieres puedes! Aunque era lento y torpón, no se desanimó, siguió entrenando duro y consiguió jugar cuatro años de mediapunta en la Primera División italiana. Un modelo magnífico de superación, como de tacita del desayuno, aunque los maledicentes de siempre lo atribuyeron al dinero de su padre. Paparruchas. Su participación alcanzó unas cotas que ni Messi y Maradona juntos: logró dar positivo por nandrolona sin haber jugado ni un solo partido. Al Saadi Gadafi estuvo dos años en la plantilla del Perugia y un día hasta lo sacaron quince minutos para que se hiciera fotos con la Juve. Luego militó con idéntica brillantez en el Udinese y en la Sampdoria.

El listón está muy alto, pero yo confío mucho en Nicolasito Maduro. No solo ha heredado el incontestable pelazo de su padre, sino que a los 24 años ya era economista, coordinador de la escuela nacional de cine, músico flautista y jefe de inspectores de la República. ¡El orgullo de los millenials!

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