Diario de León

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Los aullidos salen del alma; los ladridos, a bocanadas del hígado, a veces como chutes de bilis para pudrir lo que el estómago no ventila sólo con el jugo gástrico de la envidia. Los que aúllan y los que ladran lideran otra división que aclara el mundo, casi con más nitidez que aquella separación universal entre los que cavan y los que tienen pistola. Ladran, aúllan y una pequeña muestra de la involución reburdia. No hay más. En una malversación de los conceptos, incriminaron a los que aúllan, como preludio de acoso a la defensa que la naturaleza procura, y documenta, varios inventarios antes de que la evolución de las especies pasara de teoría a hecho religioso. Enero agita esta confrontación, también por el hilo musical que deja a las manadas entregadas a un concierto en clave de Sol arrastrados por la irrupción del celo; los aullidos, ahí, consolidan un paralelismo de la berrea de otoño, en otro jolgorio que las criaturas aportan gratis a este espectáculo de la observación. El aullido es un lamento, un ay, un disgusto; una repuesta anímica al entorno; los que aúllan al creciente y los que ladran al plenilunio refuerzan la polarización de dos cuerpos uniformes que habitan el Planeta; al modo de las abejas y las avispas que liban del mismo néctar y jamás coinciden con la miel. Al ladrido le asisten matices erróneos en un intento falaz de blanquear los dientes de la jauría; no es cierto que el ladrador no sea mordedor, según profetas interesados en relacionar el bien con esa letanía de onomatopeyas que se escapa entre las fauces. Aúllan, luego cabalgamos, Sancho, en versión apócrifa. Los que aúllan se echan al monte, acosados por los que ladran atados a correas de los que azuzan. Los mejores momentos de la vida se definen con la sofisticada sinfonía de los aullidos, que inspiran el dolor, la soledad, la prisa por volver al bando, la urgencia de la reproducción; el acoso, los navajazos. Los que aúllan no son supremacistas; iban con los indios en las pelis del oeste. El contribuyente aúlla. Ladra el poder. Y, a la vez, reza piadoso para disimular que en las próximas elecciones buscará entre los aullidos el voto que sostiene sus ladridos.

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