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Empiezan por dejarse las ventanas abiertas al descuido para que la corriente desordene a su gusto, un poco aquí, otro allá, entretenida en golpearse contra las paredes. Cuando pasa otro invierno más, se prescinde de retejar los huecos que el viento desmadeja de las cubiertas, abandonadas a las inclemencias del agua y la nieve que se empeñan en colarse dentro apenas se atisba una rendija por la que hacer daño. Luego se olvidan de armar los canalones, que cuelgan desde mitad de la fachada como si quedaran mancos o asoman su boca desde el alero, inútiles, mientras las escorrentías definen surcos por la fachada, donde se dibujan las manchas de humedad bajo las cuales las heladas arman después su motín interno silencioso. Nunca toca restañar las grietas que aparecen como trazos torpes de caligrafía y la desidia las convierte en fallas abiertas en los muros que ya pandean. No pasa de un día para otro. El tiempo debe hacer su labor impenitente cebado por el abandono. De pronto, una tarde, cuando todos se han acostumbrado a su imagen desleída, en un despiste, la casona solariega se desploma...

La historia se repite cada cierto tiempo sin apenas cambios en el guion. La última escenificó la semana pasada, en el recodo de la calle Dámaso Merino, cómo se dejan caer más 400 años de patrimonio al suelo pese a las alertas. Ha habido otras que esborrigaron un buen día en la calle Hospicio, que colapsaron una noche en el entorno que va de Herreros a Puerta Moneda, a las que ayudó a caer la autoridad municipal en plena Rúa... Habrá más. No menos de una docena de edificaciones históricas aguardan la sentencia callada de los propietarios que han decidido que, con las condiciones de conservación que les impone la ley y las limitaciones de uso, no les renta invertir en la rehabilitación. Mejor que se desplomen para levantarlas desde abajo y convertirlas en colmenas de uso turístico, con sus cajetines a la puerta para coger la llave, sin vecindario, dentro del parque temático de las borracheras al que se ha entregado el casco histórico. Hace siete años se planteó un plan director de protección que el gobierno de Diez enterró. No hay amparo para este León antiguo a la intemperie que se cae solo.