Creado:

Actualizado:

Ah, nuestros olvidos. Cuando días atrás estuve en la presentación de la biografía del actual papa, que ha escrito el historiador leonés Rafael Lazcano, olvidé despedirme de alguien ya muy importante para mí, aunque nos acabáramos de conocer. La presentación tuvo lugar en la parroquia de Nuestra Madre del Buen Consejo y al llegar me senté en uno de los últimos bancos, una señora me saludó con un dulce gesto y me hizo sitio a su lado, por lo que deduje que nos conocíamos; pero no sabía quién era, por tanto, respondí con un beso y así me evité el engorroso preguntar: «no me lo diga… ¡cantamos juntos en los coros de Nabuco!» Pero ella resolvió mi duda: «No tengo tantos años como la centenaria que tanto mencionas en tus columnas, pero me haces sonreír». ¡Una lectora anónima! Se lo agradecí y me prometí que le daría un beso de despedida, pero nada más concluir las intervenciones fui rápidamente a que el autor me dedicara un ejemplar, ¡y se me olvidó despedirme! Me di cuenta luego, en casa. Una descortesía que lamenté y aún lamento. Amable lectora anónima si me está leyendo… discúlpeme.

En cambio, Luis Alberto de Cuenca y Daniel Migueláñez no se olvidaron de mencionar a nadie, en su precioso recital-diálogo del pasado sábado, organizado por la Fundación Monteleón. Por ejemplo, el maestro calificó a nuestro Antonio Manilla de «gran poeta» y a Toño Benavides de «uno de los grandes ilustradores nacionales». Los dos juglares traían sus respectivos zurrones repletos de amistad ejemplar, antagónica del amiguismo de clan, tan frecuente y tan nocivo. Ellos son auténticos, luego su amistad es auténtica y nos lo transmitieron. Cómo disfrutamos los asistentes, Después, se fueron a comer al Giganto, pues los poetas no son de palo. Ya de regreso hacia Madrid, hubiesen sido capaces de saltar del tren en marcha si llegan a advertir que les había quedado una palabra de afecto o un agradecimiento por expresar.

Amable lectora anónima, le mando aquí el beso que me prometí dar y no di… más otro por los intereses. ¿Cuántas vidas necesitamos para aprender todo aquello que ya nos habían enseñado nuestros padres? Y para que nunca más se me olvide… dense los lectores por besados. Por si acaso. Ah, la vida…