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Tal día como ayer hace 16 años, la intrahistoria del Cervantes produjo una anécdota que pocos recuerdan. Ejercía como director general del Libro, Archivos y Bibliotecas el leonés Rogelio Blanco, que acudió con el premiado, José Emilio Pacheco, a un establecimiento madrileño para adquirir el chaqué al que obliga el protocolo. Pacheco quiso prescindir de los tirantes y zanjó el atuendo con un simple cinturón. Al llegar al Patio de Santo Tomás, el autor de La sangre de Medusa se detuvo para atender a la prensa y... se le cayeron los pantalones. La operación de salvamento de Rogelio Blanco ya es historia. Durante el discurso, Pacheco explicó que todo fue culpa de unos simples tirantes. «Es un buen argumento contra la vanidad», dijo.