Diario de León

CUERPO A TIERRA

Antonio Manilla

Antonio Manilla

Diseño de genomas

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En este camino que la humanidad ha emprendido hacia la inteligencia sintética y la comida artificial, siempre hay un piso más abajo en el sótano de la estupidez maquillada de progreso: el de los científicos locos, alentados por un poder que lo mismo financia la investigación de virus capaces de aniquilar a medio planeta que promueve, con la tibieza de la inacción, el exterminio racial o genocidio en sitios apartados del primer mundo, como Gaza y sobre todo en África. Veintiún siglos de «No matarás» y de filosofía griega certifican el fracaso de las ideas morales como generadoras de bondad y mejores hombres. Y en la acción ya sabemos que no cabe confiar sino para no aburrirse demasiado en las películas.

Algunos de esos científicos, no sabe uno si locos o simplemente vanguardistas, en esa vía de la experimentación consistente en imitar lo que ya existe, que hasta ahora seguramente había tenido su culmen en las flores de plástico, han creado una bacteria de «Escherichia coli» artificial mejorada. Bautizada como Syn 57, posee un código genético más eficiente que el de cualquier forma de vida terrestre. Para conseguirlo, se han apartado de la solución de la naturaleza y la han diseñado con menos de los sesenta y cuatro codones en que se organiza el Adn, alterando en el laboratorio más de cien mil líneas de su fórmula genética original. No es algo en puridad nuevo: códigos genéticos alternativos se llevan generando y probando ya desde 2010 en los centros científicos punteros de occidente, así que cabe imaginar lo que no estarán haciendo en las repúblicas democráticas donde la transparencia brilla por su ausencia.

El mundo entero ya tiene claro que los genomas construidos desde cero son posibles. Pueden crearse desde la nada organismos unicelulares y, con tiempo e investigación, se saltará a los pluricelulares y tal vez a seres vegetales y animales completamente nuevos. Pero a uno, para ser sincero, lo que le inquieta es la motivación última que llevó a esos hombres de ciencia a rehacer esa bacteria que lo mismo nos ayuda en nuestras digestiones que nos produce una morrocotuda diarrea. Más que «eso quién lo paga», uno, por una vez, lo que se pregunta es «y para qué». Quizá haya algún lector que, sin apoyarse en la inteligencia artificial, tenga la preparación suficiente para explicárnoslo.

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