CORNADA DE LOBO
Tu quoque fili mi
Al ex director del FBI, James Comey, le han llevado ante el juez acusado de amenazas de muerte contra Trump. Comey dirigió esa Oficina Federal de Investigación nombrado por Obama y fue destituido por Trump en 2017 por investigar la evidente injerencia rusa para que ganara las elecciones. A la puta calle. Muy de Trump. You are fired, quedas despedido, su sentencia preferida. ¿Y en qué han consistido esas amenazas?... Pues en colgar en redes una foto que Comey hizo hace un año en una playa de Carolina donde vio que alguien había escrito con conchas marinas dos números: el 86 y el 47. Ahí han visto la clara amenaza. El diccionario Merriam-Webster incluye el 86 como cifra argótica que significa «eliminar» o «deshacerse» de algo; y señala que entre los sentidos adoptados recientemente se halla el significado de «matar». Así que Trump, en entrevista a la Fox, largaba así: «Un niño sabe lo que eso significa. Si eres el director del FBI y no sabes lo que eso significaba... eso significa asesinato. Y Comey lo ha dicho alto y claro». Pues vas a la seño. Al banquillo que te vas. Y quién sabe si al paredón ahora que Trump ha restablecido el fusilamiento como método de ejecución de la pena de muerte. Amenazas al emperador como esta no pueden tolerarse, cree su guardia pretoriana. Trump impera. La divinización de su figura pasa de vestirse de Cristo a proponer ahora que el pasaporte americano lleve su rostro en portada; increíble, pero cierto, ¿quién se extraña ya?... Pero tanto endiosamiento agarrando con la mano el haz de rayos letales de Zeus también aumenta enemigos. Alguno ya jura su muerte. ¿Pero lo es diciendo 86? Sin embargo, a Trump no lo matará un mindundi enloquecido como en sus tres atentados, alguno dudoso. Lo harán los suyos y será conjura de Estado cuando su locura atente aún más a sus intereses. Alguien debería advertirle como hizo entonces la vidente Epurina: «cuídate de los idus de marzo», cuando el 15 de ese mes, año 44 adC, sesenta senadores asestaron 23 puñaladas a Julio César, y entre ellos Marco Junio Bruto, su hijo adoptivo, lo que llevó a exclamar al emperador «Tu quoque, fili mi», ¿tú también, hijo mío?...