Diario de León
Alfonso García

Alfonso García

La comodidad de los parásitos

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Al margen de la clásica verborrea de falsas condescendencias y participaciones, lo cierto es que los partidos políticos pertenecen a unos pocos, a los muy pocos que cortan el bacalao. Los dueños solo quieren en el cortejo aduladores, sicofantes, aplaudidores y chivatos eméritos. Rodearse de mediocres. De ahí que, salvo las honrosísimas pero escasas excepciones de siempre, el nivel político sea de muy corto alcance, puesto que parece no ser lugar para la seriedad, el rigor y la compostura. La historia política de nuestra democracia nunca ha sido tan pobre y, con frecuencia, tan vergonzosa. Pareciera que la única agenda de quienes ostentan el poder y sus mecanismos derivados sea entrar en el reino de los económicamente notables, según ya apuntó en su momento William Dafoe. Parece que solo les interesa la multiplicación de sus panes y sus peces, de espaldas a la ciudadanía, a la que apelan a veces con un cinismo que asusta. La ciudadanía les interesa poco o nada, y a los hechos se remite la afirmación. Y qué curioso, o qué desgracia, la tremenda polarización no solamente se observa dándose de hostias con los contrarios: recuerden que los enemigos a los que se refería Churchill no eran otros más que los de su propio partido. La lucha interna, en nombre de la ortodoxia, el paradigma y la virginidad ideológica —que nadie se salga del relato—, ni siquiera necesita méritos ajenos, sino deméritos propios para su progresiva insignificancia. Solo hace falta contemplar la escena leonesa capitalina. Las puñeteras balas incontroladas que reparten la mierda hasta los últimos rincones.

Hay en estas colonias de parásitos un desprecio manifiesto por la verdad, dado el retorcimiento de los argumentos para apoyar sus intereses. El cinismo llega a negar la evidencia con sonoros aspavientos. Algunas cámaras solo sirven para esto. Mejor, su liquidación por ahorro y para evitar la majadería, que la violencia verbal y otros conatos de violencia parecen hacerse hueco en sesiones lamentables. Los contrarios alientan el desplome del país, con la merma incluso del patriotismo del que se sienten dueños para convertirse en jinetes al galope de la patria por ellos diseñada. Qué barbaridad. Solo así se explica que una tal María Corina Machado, a la que el propia Trump obvia a pesar de su notable sumisión, hable aquí, coreada por muy poca elegancia, de «elecciones impecables» ante no pocos silencios cómplices. De qué hablamos, a no ser de ir encendiendo mechas de insulto e indignidad.

La comodidad de los parásitos se acentúa en las comunidades autónomas, en las que se concreta la desigualdad de los españoles y en las que tienen voz y mando los que no creen en ellas, pero saben chupar de la teta con pasmoso aprovechamiento. Como los demás, para qué engañarnos. Y ahí tenemos algo que pasa bastante desapercibido pero que responde al ruido interno de sables y navajas. La constitución de la Mesa de las Cortes de CyL, integrada por seis miembros, cada uno de los cuales ingresará 81 831 euros anuales como salario base y una indemnización por gastos de 1.800 euros mensuales que no cotizan. Retribuciones copiosas, obligaciones llevaderas, aupado algún componente por el dueño ideológico de esta provincia, frente al pensamiento de los votos. El poder y la pasta entienden poco de democracia. En época de tantas escaseces, semejante poderío económico es injusto e insultante. Nada de extraño tiene que se maten por la silla. Esos días la vida me había llevado al hospital, donde el trabajo sin tregua pero con gran profesionalidad de las enfermeras, por citar un solo caso, no admitía comparación. Hube de pedir nolotil ante la fechoría de tantas desigualdades.

Estoy convencido de que han de ser los ciudadanos los que pongan freno a tanto dislate. Diría que es urgente.

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