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Cuesta abajo y sin frenos... cuesta arriba y sin resuello... la encuesta, enquistada... y se recuestan algunos en el ¡hay que jodese pa no caese! o se acuestan otros cada mañana en una tumba como hacían los trapenses entrenando su tránsito al polvo... ¡cuánta cuesta!... ¡cuánto coste!... Dirigentes socialistas se lamentan: «Lo de Zapatero nos arrastrará a todos» (cuesta abajo), sin pensar que, si se demostrara alguna financiación ilegal del partido, algo aún mucho peor (cuesta arriba), sería una mina lapa colocada en la línea de flotación quedando el buque convertido tras su naufragio en balsas de la Medusa varadas un tiempo largo en las playas de un desierto electoral.

Zapatero declara ante el juez este miércoles que podría ser «de ceniza» si se le incendia la honra y su honor, teniendo ya bastante quemada la fama que le está llevando a peregrinar del mito que fue al pito que hoy resuena en los tendidos de sombra de una derecha que agita sus pañuelos pidiendo que le corten las dos orejas al torete (si logra el mar empañolado que también le corten el rabo, será el colmo de un delirio tanto tiempo soñado: sin rabo ya no habrá zapaterines). El asunto de las joyas en su caja fuerte es el que excita el morbo grueso del mentidero nacional ávido por saber cómo llegaron a sus manos. Si fueron regalos, se dirá «el que regala bien vende si el que recibe lo entiende». Y si fueron pagos, hay que averiguar el qué vendió a cambio... y a quién, y por qué, y cuándo, pues no es lo mismo si lo fue siendo presidente o después. En todo caso, la sinceridad y la verdad no están invitadas a esta ceremonia de sombras y deslumbramientos. Ni pueden o deben estarlo si con ello se provocan serios inconvenientes, daños a terceros o a entes ajenos comprometiéndose relaciones entre países, lealtades o acuerdos comerciales en un gratuito ampliar el escándalo hasta donde no conviene ni aclararía más las cosas. Lo insistía Herbert Marcuse: Toda verdad tiene dos caras, pero una no debe ser dicha jamás. Lo veremos en las declaraciones de Zapatero cuando los silencios o la omertá le exijan irse a menudo por los cerros de Úbeda.