CORNADA DE LOBO
Achicoria va
Quisiste más de una vez olvidar de dónde venías, tus orígenes en tierra barreal de adobe, tapial y boina de teja, pero jamás pudiste olvidar las veces que, de rapaz en tu pueblo, te mandó el abuelo ir con tu primo Sebito a recorrer caminos, cunetas, lindes o baldíos para atropar esa humilde planta fibrosa de flores azules, la hierba gourmet para los conejos que en toda casa se criaban, la achicoria, pariente no lejana de la escarola y de la endivia. Los conejos devoraban las achorias con el ansia que no disimulan los glotones. Hoy esta planta se agosta en sus nacederos sin que nadie la atrope y aproveche cuando antes había incluso severas normas concejiles para limitar la época de recogida y la cantidad para garantizar un justo reparto.
Cuando mayo viene como debe —y este más o menos lo hizo— veo achicorias a uno y otro lado de la carretera y en los derredores de cultivos donde no alcanzan los herbicidas que también han mandado al exilio a las amapolas que, aun así, siguen tirándonos besos con ese rojo suyo tan margaret astor, subiéndose incluso a tapias que un día albardó el tapín sobre sarmiento. Y como tengo algo de lechera fabuladora hago cuentas y recuento los cientos de conejos que podrían criarse con todo ese pasto gratuito que se pierde a lo tonto... y que si los jubiletas de la despoblación se pusieran a la tarea, todo el ejercicio de andar al atropo les daría salud alejándoles de la farmacia. Además, criar una docena de gazapos se lo premiaría el bolsillo y la cazuela.
La achicoria, en fin, es imagen muy de posguerra cuando el hambre y la piojera acaudillaban España. El café era un lujo en casa pobre y la achicoria torrefactada era su mejor sucedáneo, que al menos no tenía cafeína y así uno no se ponía aún más de los nervios. A menudo se mezclaba con malta (cebada tostada) y la mentira se dividía... ¡cuánta no vi venderse en la tienda de la familia!... Eran tiempos en los que el bacalao aún era barato y las lentejas venían propinadas con bichitos y piedritas que obligaban a escogerlas como quien recuenta calderilla con el dedo. ¡Y cómo perfumaba el aire la fábrica de malta y achicoria que había frente a la iglesia de Renueva!...