CORNADA DE LOBO
Ponte un soneto
Tendrías que haber estrenado el verano no con cornetines de rebajas, ni estampidas veraneantas, ni amuermado en el sofá con berridos de grada ajena, sino con silloneta a la sombra de una parra junto a un cuenco de cerezas entre hielos... y con unos versos prologando a tu dolce far niente. Recordé entonces a Juan Ignacio Ferreras, doctor por La Sorbona y la Complutense, profesor de varios países europeos y americanos, autor de una obra ingente, intensa e incisiva, pero lo reducía a ser «africano de las montañas de León». Ferreras publicó en el «Lobo Sapiens» hace veinicuatro años una obra gigantesca que dejó perplejo a Venancio Iglesias por la impresionante geometría poética que ahi se certifica, 400 sonetos, todo un pulso... y si el soneto es la pieza maestra de nuestra lírica, cuatro cientos de obras maestras se destilan ahí, piezas magistralmente talladas para el asombro bajo el título general de «Manual de olvidos». Cogí el libro para calarle el marcapáginas sabiendo que el azar no defraudaría al lector que verá que no hay que escoger aquí ejemplos, pues todos van en gozo y en provecho:
Cazurro encebollado y algo astuto
con sucias antiparras de cegato,
luce en el mundo su perfil prognato
y su culo redondo de archiputo,
sus uñas por la higiene van de luto,
pero arañan raposas como gato
y lleva hasta en la cueva del zapato
escondido su espíritu de esputo,
presumido, mastuerzo sin secreto
que sólo sabe hablar a puro grito
y es tonto, mentecato y archivano.
¿Quién es este dechado del soneto?
¿Qué monstruo va trazado y va des
crito?... Es un hombre cualquiera...
y es mi hermano.
Ocurre que Ferreras, paisano, nunca estuvo en nuestras rondas de ojomeneos literarios y por eso el lector le ignorará; así somos con los hermanos. Leerle no será favor que le hagamos, sino deuda que despejemos. Reñones, su editor y único mentor aquí, debería ponerle alas de nuevo para que se nos caiga una lagrimita... o la cara de vergüenza.