Diario de León

AL TRASLUZ

Eduardo Aguirre

Eduardo Aguirre

Un olvido merecido

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Con la que está cayendo, extraña que Pedro Sánchez anuncie que el Gobierno ha revocado la Gran Gruz de la Sanidad al olvidado psiquiatra Antonio Vallejo Nájera, nacido en 1889 y falleció en 1960. Sus convicciones eran de franquista doctor Frankestein, más que de un racional sanador de mentes. Creía en la existencia de un gen rojo, que explicaría el izquierdismo como una patología. Aberrante. Pero, ¿quién se acordaba de aquel reconocimiento? Hoy solo se interesan por este psiquiatra los investigadores del franquismo. Hace mucho que solo es una vieja foto enmarcada en un salón familiar. Resultaría más práctico ocuparse de quienes no tuvieron el reconocimiento merecido y de los injustamente olvidados. Tengo su ensayo Literatura y locura, en una edición de 1950. He releído su capítulo sobre Cervantes. No era el liberal doctor Marañón, sino su reverso. Con mal ojo, considera al cine un arte efímero. Mucho mejor Locos Egregios, el libro de su hijo Juan Antonio, también psiquiatra. No confundamos. El paso del tiempo ya había dictado sentencia sobre el padre: el descrédito académico de sus convicciones. Y sí, desde hace mucho es solo una vieja foto familiar enmarcada. Mucho mejor, pues, recuperar méritos de quienes están injustamente olvidados.

Mientras escribo esto, recibo un correo electrónico de Joseph Pearce, el gran ensayista y biógrafo inglés. Se convirtió al catolicismo mientras leía en prisión a Chesterton. Estaba encarcelado por incitar al odio racial. «Era un fanático, perdido en una ideología de odio, y orgulloso de ello», escribe. «Fue la gracia, obrando a través de grandes libros». Y esta es siempre regalo y misión. Nos va a contar en cinco cartas los cinco escritores que cambiaron su vida hacia la fe. A veces, un inesperado correo clarificador, una canción, un libro, un recuerdo te llegan cuando los necesitas. Así funciona lo misterioso.

Los honores del Estado son de agradecer, pero solo importan a los vivos. Nadie se lleva consigo sus condecoraciones, aunque sea enterrado con ellas. Solo hay una cruz eterna, y el único currículo para siempre es el bien. Y sí, mejor zanjar olvidos injustos que recuperar nombres justamente olvidados. Mejor tener compasión que no tenerla.

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