EL MIRADOR
Encanto chabacano
Los fines de semana me topo, mientras huyo al otro lado de la ría, con despedidas de solteros en el Casco Viejo de Bilbao, mi cada vez más intransitable barrio. Al menos, parece que ahora les prohíben el uso de megáfonos para dirigir las chorradas a coro de los integrantes del pandemonio; antes, era para colgarlos. Sospecho que habrá ofertas de paquetes completos y apañados de precio para estas celebraciones bochornosas (por ello, dignas de contemplar con delicioso alipori) en nuestra villa, tan ‘chirene’ y de la fiesta. Determinados espectáculos activan como una bomba de relojería al cerdito con tutú que llevamos dentro. El magnético encanto de lo chabacano no distingue de sexos ni clases. Gran palabra, chabacano. Sucede con ella como suele pasar con el inglés, que la sonoridad del término, por cualidad onomatopéyica o de sugerencia, nos aproxima su semántica. Por ejemplo, ‘cockroach’, cucaracha, nos hace imaginar el ruido que produce el bicho al aplastarlo con la suela del zapato. Chabacano es perfecta, la propia palabra es chabacana, amenazante y prometedora a un tiempo. A mí me sugiere un tugurio, lleno de vociferantes piltrafas del arroyo, dotado de un escenario muy cutre con un espectáculo de lujuria primaria (¿la hay secundaria?) y humor de sal tan gruesa como la que se emplea para la dorada. Chabacano, definición: sin arte, grosero y de mal gusto. Reparemos en esa atracción más o menos vergonzante por lo chabacano que muchos (¿todos?) sufrimos o gozamos, desde el remilgado esnob al más chocarrero patán.
¿Por qué esa querencia por contemplar lo chabacano? Que será a hurtadillas o continuada según grados de campechanía mental o embrutecimiento. Ya que no es lo mismo dejarse acunar de vez en cuando por la chabacanería que alimentarse en exclusiva de sus fosforescentes ubres. ¿Por qué no pasamos del todo de programas de televisión abochornantes, de disfraces que atentan contra la dignidad humana, de tararear mentalmente canciones inmundas, de comedias (muchas, españolas) con guiones penosos? Se me ocurren dos explicaciones que no se contradicen entre sí y que caben entre la vergüenza ajena y la propia. La primera es la propia naturaleza del cerdito con tutú, la que se regodea en esos barros porque con frecuencia la condición humana se siente más cómoda en las pocilgas que en los jardines. La segunda es la falsa diferencia, impostar incluso hacia uno mismo que no nos van esas vulgaridades y tenemos siempre buen gusto. Cuesta admitir que nos hemos divertido con algo grotesco. Intentamos creernos que estamos por encima de lo chabacano y sabemos que no es cierto. El novio de una de las despedidas, que iba disfrazado de lagartija, no tenía esos pequeños problemas.