Creado:

Actualizado:

Como si fueran llamas tempranas y voceadoras para que no nos sorprenda cuando llegue el festival de incendios del agosto infernal, ya se rifan fuegos y quemones por toda esta geografía nuestra, incluso en el norte más cantábrico que por su verdor y humedad histórica creíamos más a salvo y, sin embargo, ya vimos la suerte que corrió el valle de Sajambre poniendo lutos a los altos de Ribota. Incendios madrugadores. «El hombre es fuego, el monte estopa, viene el diablo y sopla».

Después (y no se sabe qué es peor) vienen los fuegos en las bocas como ahora vemos de nuevo tras ese incendio almeriense brutal y desalmado que se ha llevado por delante carne entre las garras. Teles y papeles vuelven a llenarse de expertos diciendo cómo debía ser el comportamiento de los afectados en este tipo de situaciones (siempre sorpresivas y de alarma enloquecida) y los escapes que deben sopesarse serenamente para que no acabe muriendo achicharrada tanta gente (ponte tú en ese caso, idiota: eres guiri, conoces el idioma a medias, estás aislado en tu casita de monte, no has recibido ninguna alerta en tu móvil, ves el quemón que corre hacia tu puerta y corres tú huyendo de él sin imaginar que vas directo a la boca del diablo porque en tu caso no hay puta serenidad que valga, sólo una desesperada ocurrencia... ponte en ese caso, imbécil, y no hables por hablar desde ese plató con aire acondicionado a mil kilómetros de la tragedia). Todo se plaga de cagasentencias hablando excátedra y campaneando: «ya lo habíamos advertido», «los incendios de verano se apagan en invierno», «es letal la carencia de política forestal», «el abandono de montes y la penalización de la ganadería extensiva pesan como causas y nadie frena el disparate estatal», «no hay coordinación entre las diferentes administraciones bomberas», «no hay prevención ni hay recursos»... resumiendo: un sindiós... y los listos que nos lo dibujan dan soluciones que en el mejor de los casos sólo son cebada al rabo de un burro que no se sabe si ya está muerto por ser pollino sin luces o por tener un dueño con cerillas en el cerebro y plaza en propiedad en la cantina.