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«Si tienes que preguntar cuánto vale un yate es que no te lo puedes permitir», decía J. P. Morgan. Bueno, pues como mi presupuesto no alcanza ni para un patín a pedales, me entero de lo que vale el Christina O. Suena a película de yonquis de los 80, pero es el nombre del yate de Onassis. De uno de ellos. Del más famoso. Del que pisaron los pies descalzos e inmaculados de aristócratas, magnates, artistas y demás fauna y flora de la alta sociedad. Aquellas sí que eran celebridades y no las de ahora, tan de medio pelo que se pegan codazos para que una marca les patrocine un crucero por el Mediterráneo.

Total, que el yate está a la venta por 54 millones de euros. Pocos, si me preguntan. No sé qué barco puede presumir de tener los taburetes del bar tapizados con prepucio de ballena. A Onassis le encantaba escandalizar a sus invitadas soltándoselo cuando se sentaban en la barra para tomarse un «gimlet». Dicho por cualquier otro sería una ordinariez; en un rico, es una excentricidad. En el Christina O también conoció a María Callas. «La trataba muy mal, todo el rato le decía que estaba gorda. Y, para rematar, la dejó por la Kennedy», me contaba mi madre. En mi casa no habrían leído la Larousse, pero llevaban la vida de los otros con detalle enciclopédico. A todo esto, yo estaba hablando de barcos. Que no tengo, vaya. Que me da igual que los taburetes estén hechos de prepucio de ballena o de escay del que se te pega al culo. Que si alguno de ustedes me ve varada en la orilla desde la cubierta de su yate, que me invite a subir a bordo. Que no sería gorroneo, sino redistribución temporal de la riqueza. La política económica que necesitamos en verano.