Diario de León

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No sé quién dijo que toda guerra civil dura cien años... ¿Gregorio Marañón?, no está claro, es dicho que corre ya sin collar y sin exagerar o disparatar, puta razón. Los hijos y nietos de quienes las hacen, incluso biznietos, ordeñan muy a gusto la mala leche que da esa vaca corniveleta y consagran la mala hostia con que se comulga en esa misa paisana. ¡Cien años!... ¡ánimo, rapaz!, a la nuestra —que empezó un día acalorado, tal que hoy, en 1936— ya sólo le quedan 10 para redimir su memoria muda (o sorda si apellida Histórica) y rendir los alcázares tan llenos de fantasmas (tururú, que suenan tararís y moscardós de reagrupamiento nacional), así que todo indica que a la guerra española habrá que añadirle unas cuantas décadas más de epílogos, remembranzas, simposios y novelas. Es aún un asunto demasiado embustero y trágico como para desaprovechar las rentas que proporciona, políticas de rearme argumental en primer lugar o literarias en menor medida, aunque ya vendió Uclés 350.000 de «La península de las casas vacías» (vacías, muy cierto... pero del alma vaciada y yerma ¿quién quiere hablar?).

¡Noventa años de aquello!... y aquí seguimos abriendo zanjas en tertulias o papeles, trincheras como segunda residencia con climatizador, ambientador y disparando al otro mentiras con cascabeles de IA explosiva. Lo de «guerrerines con ganas de guerra» nunca lo curamos del todo aquí. A veces la fatiga nos exige tregua o siesta, pero al despertar, el dinosaurio sigue ahí y pide bocado de enemigo fresco. Conciliar, concordia o derecho al olvido no caben en el diccionario incivil que dictó el Alzamiento de un 18 de julio y asumió su contra, fijándose una sintaxis del odio cuyo rescoldo soplamos y se reaviva. Si fue una guerra que todos perdieron, no es menos cierto que unos la perdieron más que otros. Por eso no se acabará al cumplir cien años. Y recemos a san Serení y a Sanseacabó para que un nombrado abencerraje no busque segunda edición corregida y aumentada (ahí le luce la tara). Pero tranquilo, más que ganas hay vagancia; y disparando la bocaza ya cumplimos con el carácter, el gozo y las revanchas.

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