Diario de León

Creado:

Actualizado:

La película El pisito, dirigida por Marco Ferreri en 1958, es una comedia negrísima debida a un vitriólico guion de Rafael Azcona. Muestra que en aquella España todavía sumida en el subdesarrollo, conseguir vivienda era ya un acuciante problema de la sociedad. En ‘Monty Python en Hollywood’ (1982), actuación del grupo ante un masivo público en el estadio Hollywood Bowl, recrean un brillante ‘sketch’ de puro diálogo: vestidos de esmoquin, sentados en un tresillo bebiendo buen vino y fumando puros, recuerdan cuando eran muy pobres pero con todo, felices (se puede ver subtitulado en You Tube).

Cuentan cómo eran sus imposibles viviendas para familias numerosas con una escalada de progresivas exageraciones en la que cada uno que habla supera al anterior con fórmulas como «bah, eso no es nada, un lujo, nosotros sí que vivíamos mal de verdad». Así, entre otros disparates: los 26 en un pasillo, en un pantano, en un tanque para pescado podrido, en un pozo, en un periódico enrollado y 150 en una caja de zapatos en medio de la calle. Hilarante.

Lo recordé al ver en un noticiario los cubículos y tabucos de dar vergüenza (a quien se atreve a ofertarlos) que se alquilan a precios desorbitados y las colas que hacen los jóvenes para poder conseguirlos en las inmobiliarias, ya que esas cajas de zapatos, lo único asequible con sus sueldos, además son escasas. Me apena la resignación que muestran ante lo abusivo. La diferencia con el surrealismo de Monty Python es que esta realidad, que envilece el presente, maldita la gracia que tiene.

A lo que ha llegado el problema de la vivienda me parece el mayor desastre social que hemos dejado a las nuevas generaciones. Y específicamente, un estrepitoso fiasco de la izquierda, un naufragio entre la mentira y la impotencia ante el triunfo de un capitalismo para el que lo humano solo se evalúa en cifras comparativas. La ley del mercado, la pura especulación, la escasez de viviendas protegidas, la falta de regulación restrictiva suficiente por parte del Estado y esa palabra horrible, la gentrificación, que deja sin poder pagar un aumento notable de alquiler, pues el casero de siempre ha vendido el piso a alguna empresa que lo que quiere es librarse del viejo inquilino para poner un mucho más rentable piso turístico y que aumente el poder adquisitivo en la zona.

Según he sabido, se da cada vez más la compra por parte de particulares de pisos grandes, con varias habitaciones, con el fin de explotarlos alquilándolas por separado, ante una demanda creciente de jóvenes que es lo único que pueden permitirse, y con esfuerzo, ya que los precios que se piden por esas piezas dan asco. En fin, hay quien da de beber al sediento y quien le cobra el agua con creces.

tracking