Cuerpo a tierra
Parásitos de oro
Entre algunas otras cosas, con el advenimiento de la Democracia se perdió la jet, que era un ensueño y señuelo franquista para quienes no disfrutaban del opio del pueblo del balompié. Plebeyizamos no tanto el Poder como sus alrededores, tombolizamos el papel couché y dejamos entrar en casa a yonquis bien vestidos, novietas de futbolistas o toreros y reporteras polioperadas. Todo para sustituir a una nobleza de cartón y portobanús, lacayos de los apellidos y camellos heráldicos, por princesas del pueblo y periodistas fules. Tanto se relajó la cosa que hasta un rey futuro se casaría con una divorciada asturiana de la plebe sin que temblaran los cimientos de la monarquía. La sociedad, poco a poco, se llenó de parásitos de oro. Muchos más que antes, porque, además de a los cantados, se elevó a los altares también a los cantores. Consentidos por la mayoría, al menos por ese sector que compraba las revistas de peluquería y seguía las tertulias sobre existencias prestadas. No vamos a nostalgizar a aquella jet ni sus tiempos, pero tampoco a llorar por esos herederos que durante la plena sociedad del espectáculo fueron a sustituirlos, ahora que el negocio y sus polémicas guionizadas han perdido cuota de pantalla. Abusaron demasiado de la misma falsilla. Que descansen en paz.
Sin jet y con la salsa rosa muy mermada, a uno le resulta curioso el éxito de las series turcas que han tomado la alternativa, viniendo a corroborar la necesidad ficcional de la población de vivir vidas ajenas, sentir pasiones de otros y comentar el último escándalo protagonizado por alguna de esas vecinas catódicas. Las inacabables historias de este tipo de productos, cuya trama avanza en espirales como los viejos folletines, pese a su repetición, tienen un público fiel que no puede decirse que sea idéntico al de las revistas del corazón, aunque existan sospechas. Hay sociólogos que sostienen que vienen a llenar la necesidad de épica y romanticismo que todos llevamos dentro. Herencias y amoríos difíciles nutren unas tramas que ayudaron a sobrellevar la soledad durante la pandemia. Esto último también se dice y debe de ser cierto, cuando durante el coronavirus hasta se vendieron más libros. Que el último agosto de las librerías fuera durante una emergencia sanitaria a mí me parece que obliga a cuestionarse un tanto los planes de fomento de la lectura.