Diario de León

FUERA DE JUEGO

El balón revienta las costuras

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Los balones de ahora incluyen la temida obsolescencia programada, y en pocas patadas quedan inservibles. Uno, afortunadamente, no puede contar batallinas de las décadas más oscuras del pasado siglo. De esas que tanto gustan a los fieles de la secta de las leyendas negras. Pero con algo más de medio siglo de vida, sí usaba los llamados entonces «balones de reglamento», que duraban años, y en los que el mayor temor se centraba en que se abriese una costura. Ese era el principio del fin.

El fútbol ha reventado estos días muchos parámetros, prejuicios y corsés sociales. Se ha visto a miles de personas pendientes de ese balón que, sin duda, también se olvidará rápido, por esa obsolescencia social que eclipsa las cosas en pocos días. Pero la foto fija ha probado que eso de que está todo atado y bien atado es una falacia. Ni los de un lado ni los del otro aciertan al intentar vendernos una sociedad monolítica, que tiende al infinito de sus sueños de monopolio en las formas de pensar.

Escuchar al capitán de la selección gritar un muy seguido «viva el Rey», ver a un gallego abrazado a un presidente del Gobierno empitonado por todos los frentes, a otro jugador desairarlo... El fútbol es así, porque la vida es así. Y España más, si cabe. Con un seleccionador que es taurino, devoto del Cristo sevillano conocido como el Cachorro, que se salvó de las quemas de la república porque un miliciano, que acababa de incendir una iglesia próxima, se enfrentó a sus correligionarios para proclamar que a su santo se le respetaba. País poliédrico como lo fueron los míticos tercios aún temidos en Europa, donde la fauna era variada. El fútbol ha quitado el tapón de nuevo para sacar las pasiones de todos, unificando, en esa ya mítica camiseta blanca, la realidad pluriforme de una España en la que se rompen las costuras cuando se intentan inflar demasiado... las cosas.

Una buena amiga contaba el otro día que oyó al entrenador de su hijo gritarle un «me cago en tu p. madre».... No le gustó, pero nos dejó claro que lo entendía. Fútbol es pasión, es odio, y es nobleza, como la de un tal Flaco López, el argentino que se dio la vuelta para mirar cómo España recogía la Copa del Mundo mientras sus compatriotas estaban de espaldas.

Aquí, si se gana se invaden las plazas. Y si se pierde se madruga, con los dientes un poco más apretados, para ir a trabajar. Entonando un ‘maldita sea’. Sin rencores. Ni disturbios. Ojalá eso no cambie...

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