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Que no se te pasen estos días. Coge papel y anota. Ayer comenzaron a leerse en el cielo y en el aire cómo han de venir los meses del próximo año, si meones, si fríos, si secorros, si aventados, si locos... El 1 de agosto habló de cómo será enero del 27. Y mañana, marzo. Y así los doce primeros días que tendrán otros doce de retorno (del 13 al 24) comenzando en este caso al revés, el 13 otra vez diciembre (otros, en embargo, leen el día 1 como el próximo agosto y acaba el 12 en julio). Anota... y sobre todo lee también en el cielo de la noche aquello que te digan las estrellas con sus velos o parpadeos y las brumas con sus rocíos o las nubes que dibujan tormentas o pedrisco sin traerlas aún.

Siempre hubo en el campo quien armó sus predicciones del año venidero con este sistema llamado «las Cabañuelas» que sugiere un origen judío al coincidir con su Fiesta de los Tabernáculos (en 1020 se da cuenta de las cien cabañuelas que se colgaban en el barrio judío de Toledo en memoria de los años que su pueblo pasó viviendo en cabañas en el Sinaí). El sistema acierta tanto como falla y en ese «sí es no» radica su fama pasándole lo mismo que al Calendario Zaragozano, igual de famoso y de fallón o genérico para no pillarse los dedos en la puerta de lo cambiante o sorpresivo del lenguaje de las nubes, el sol, los vientos o el hielo. El anciano que se doctoró en este sistema anotaba además de lo meteorológico lo que le cuentan los animales, que barruntan lluvias si aparecen hormigas con alas, si las mulas orejean demasiado, si se bañan los palomos o el gato se lava la cara, aunque si los gatos se ponen a correr y saltar es que vienen vientos apresurados... anciano que alcanzaba el «summa cum laude» si sabía interpretar además los crujidos en muebles, techumbres o tarimas, el hollín que caía de la chimenea, el olor de los desagües, la humedad en las baldosas de las habitaciones, el sarmiento que «llora» estando seco... lo mismo que también informan del clima y cambios en el tiempo los picores del cuerpo, el dolor de una cicatriz, el resentimiento de una vieja mancadura en algún hueso... En fin, que aquí no es profeta el que no quiere.