al trasluz
Una familia luminosa
Las familias que son luminosas lo siguen siendo también en el dolor. A los 82 años, ha fallecido Manuel García Álvarez, gran constitucionalista y prestigioso catedrático de la Universidad de León, primer Procurador del Común. Luminoso como académico, pero también como ser humano. Una aclaración: brillanteces intelectuales las hay de muy diversos watios, incluso de pega, pero la luminosidad a la que me refiero contiene inteligencia más bondad. Era luminoso, como lo es desde niña su esposa, María José Eiriz, y lo son sus tres hijos: Eugenia, Esperanza y Manuel. Un don familiar, pero también cada cual con su propia luz. Sobre el féretro, una excelente caricatura vestido de caballero andante, como un Atticus Finch dispuesto a defender a los menesterosos. Su trabajo— incansable- lo concebía como un servicio a los demás. Le traté mucho en mis inicios profesionales, pues empecé cubriendo para este periódico la información de la Universidad. Aprendió ruso por su cuenta, y fue uno de los pilares maestros para las relaciones académicas entre nuestro campus y el de Vorónezh, en la entonces URSS. Hace tres años, le comenté me que habían obsequiado un «Método Español Ruso», publicado en La Bañeza en 1950. Mi intención era regalárselo si mostraba interés. No me dio tiempo, me dijo : «¿Quieres aprender ruso por si nos invaden como a Ucrania?», y deduje que ese ya lo tenía. Contesté: «Si nos invaden te pediré que nos enseñes a Marta y a mí a bailar kazachok». Y se sonrío con ojines de personaje —bueno— de Chejov.
La suya era sabiduría sin solemnidades impostadas, y creía en una democracia del respeto mutuo. La ejerció con el ejemplo. Al despedirme en el tanatorio, le dije a su esposa: «Mañana os acompañaremos en la misa». Y con luminosa ternura humorística aventuró: «¿quién ira a una misa a las cinco de la tarde, un sábado de agosto? Si por el camino ves pobres te los traes, que así seremos más». Pero la iglesia estuvo llena, pues era muy querido. La lectura la hizo Nieto Nafría.
Me bastó un rato con María José y sus tres hijos para constatarlo: la luminosidad familiar —inteligencia con corazón, humor con valía— se hereda. Y el dolor no la diluye.