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Qué amargo sabor en el paladar del ánimo dejan casi todas las viñetas de «El Roto», qué sencillas evidencias se hacen negrura gigante con su ausente humor entrando por el culo (no hay mucha cosa en su lápiz que invite a la sonrisa). Hay veces en que le cabe en una sola frase todo un editorial de página y media. Veamos: dos hombres de traje negro, calva y traza funcionarial están sentados frente a un aparato con pantalla o gráfico y uno comenta «La gente está empezando a hacer preguntas, ¡sube el volumen del miedo!».

El volumen del miedo no es sólo el ruido alarmante que predica un medio informativo con altavoz o sin él, el que amplía una sentencia judicial, el que instaura un decreto del Gobierno... o el que siembra un boceras enterado y alarmista en la barra de un bar o con mensajes insidiosos que echa a volar por las redes. ¡Sube el volumen del miedo! Porque el miedo tiene volumen, pero también el otro volumen, y por tanto sus tres dimensiones: largo, ancho y alto. La largura del miedo es la que viene de atrás o muy atrás, la que arrastra la historia desde las cavernas, miedo a la catástrofe natural, a la desgracia familiar, a la enfermedad, a la pobreza, a la guerra, a la muerte... La anchura del miedo es la que traza el poder o la religión para que por ella desfilen cautivos todos menos los poderosos que pueden pagarse ir por fuera (o no ir) y los ministros del Señor como funcionarios del Cielo y la salvación. Y finalmente está la altura del miedo, esa que le levanta como muro que oculta el horizonte advirtiendo y asustando con un «palante está pior», miedo alto como muralla alambrada y fortificada para que no la crucen ni vecinos ni extranjeros, miedos elevados como dogmas contra vacunas o negando el cambio climático, la redondez de la Tierra, la igualdad de la gente, razas y credos... Sobran miedos y cabrones que les suben hoy el volumen hasta ensordecer la razón y el corazón. Ejemplo: sembrando terroríficos miedos al Infierno la Iglesia medieval se hizo con la plaza en propiedad porque detrás del miedo viene siempre un redentor, un vendehumos o un dictador sin vergüenza ni estilo.