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Pueden llamarme raro, pero no saldré a mirar el eclipse. Y tampoco quiero que él me mire a mí. No me fío. Así comienzan muchas historias de Stephen King, con unos que se confían. A mí no me pillarán. Más, aviso a mis parientes y amigos: si lo miráis y luego os convertís en vampiros galácticos nos aporreáis mi puerta, pues habrá un cartel de «Reservado el derecho de admisión». Mi lectora centenaria ya habrá saltado: «¿A mí tampoco, si me convierto en vampira frenopática de esas?». A usted, sí. Y a Marta, pero bajo determinadas condiciones — que no se diga que actúo con favoritismo-. Y a la Asociación de Cervantista. En fin, bastante eclipsado está ya el mundo no entiendo tanto interés por un apagón. Además, ya puestos a fenómenos astronómicos inusuales se me ocurren otros más epatantes: un chaparrón de buenas noticias… Se acabaron las guerras, se jubila el de la corbata pimiento morrón, no más corrupción política, nunca más homofobia, ni racismo, ni miseria… y si aún hay hueco para una buena noticia más… la dimisión de Infantino, por siniestro y desleal. Entendámonos, no niego interés al espectáculo , pero aquí lo que nos falta es luz. Nos sobran oscuridades día, y lo del eclipse ya lo viví de crío con El templo del sol, aquella de Tintín. Mejor por la tele.

No soy un Zaratustra del columnismo, pero aún puedo proclamar que el odio nunca ha eclipsado al amor, ni el silencio a una verdad universal. No hay luz más misteriosa que la alegría del bien, y en este mundo herido lo que nos faltan son más candelas.

Ayer me tomé compartí unas patatas Blas con mi querido amigo Javier Tascón, de la vieja redacción de Lucas de Tuy, y nuestra charla giró sobre misterios de la evolución. La noche de los tiempos, ya saben. Millones de años, y aquí estamos. Le dije: «Si llega depender de mí el invento de la rueda todavía caminamos a pie». Finalmente, él concluyo: «Pero para misterio la condición humana». Será de los que saldrá a ver el eclipse, y con gafas de Elton John. Con Javier estoy dispuesto a hacer una excepción, y así me lo cuenta. Le dejaré entrar, aunque se haya convertido en vampiro galáctico y siempre que sea en modalidad abstemia; y que se traiga su cepillo de dientes, claro.