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Un ministro llama buitre a una periodista de Tele 5 que, ante la noticia de la oleada de decenas de miles de personas que asaltan la frontera e invaden las calles de Ceuta, decide suspender sus vacaciones y desplazarse al lugar de la noticIa para informar a sus espectadores. Horas más tarde, otro ministro cesa de manera fulminante a la responsable de Comunicación del departamento de Seguridad Nacional por informar, en la web oficial, de que la estimación inicial del Gobierno era de que 49.000 personas habían entrado ilegalmente en el enclave español. Sólo son dos perlas de cómo se las gasta el equipo de Sánchez para intentar controlar la información y el relato de los acontecimientos. Se acumulan las señales que anuncian la madre de todas las batallas mediáticas para el año 27 en el que la comunicación va a jugar un papel determinante en el resultado de las urnas. La cadena pública TVE hace tiempo que ya da que hablar, e incluso provoca denuncias del Consejo de Informativos por el sesgo ideológico, partidario y manipulador a favor del Gobierno. Los principales espacios de información, análisis, debate, se han dejado en manos de los presentadores más cafeteros del ambiente pro-sanchista. Se suceden episodios de enfrentamientos y humillaciones entre éstos y los tertulianos menos afines. La falta de rigor, el lenguaje zafio y ramplón, la selección y ocultación de asuntos que pueden perjudicar al Gobierno sitúa a la cadena pública cada vez más cerca de una atmósfera de trinchera. Por si no fuera suficiente el amplificador de las instrucciones monclovitas en la 1 y la 2 de TVE, sale en noviembre una nueva TDT (televisión digital terrestre), la Séptima que, si no lo desmienten los hechos, se va a sumar a lo que William Goldandel denomina, «la iglesia catódica». O sea, el colectivo de comunicadores afines, con afán cuasi-religioso, a la ideología en el poder. En RTVE siempre ha mandado el poder de turno, y en las autonomías también, pero en la etapa actual el ente está contagiado de una ideología provocadora. Como dice Jean-François Revel en El conocimiento inútil, una ideología supone una triple dispensa: intelectual, práctica y moral. Consiste en retener solo los hechos favorables a la tesis que se sostiene y, en omitir, o negar los otros. Y la dispensa moral difumina la noción del bien y el mal, o más bien, el servicio de la ideología es el que ocupa el lugar de la moral. Esa dispensa moral aplicada a la televisión es letal para la comunicación justa e independiente.