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Resulta que si la Luna contara con órbita circular, así como le pintan los cantautores que citan a los toros enamorados en los brocales de los pozos para rondar a la madrugada, pues tendríamos cada mes una juerga como la de esta tarde; cada vez que la fase lunar entrara en nueva, el Sol quedaría detrás del escenario figurado que hace ver al ojo humano la perspectiva desajustada a la realidad. Cuanto más cerca, más grandes, como el caso de Benavente y las distancias siderales que tantos chistes inspiran entre cazurros. Ojo al eclipse, que no es broma; de momento, le va a dejar una talegada a los de los hospedajes en los pueblos de León (no todo va a ser candela y población flotante, sin el cartel de alerta por urbanitas sueltos), que hace no mucho proclamaron la fórmula mágica para resucitar la economía de este valle de lágrimas: una semana santa y un eclipse por año. Vamos allá. En nada, redactan en las cancillerías de la cosa regional de Valladolid normas para extraer autóctonos, más, y traer la raza señal para repoblar territorio, como con los cangrejos, pero en tiempo de Luna en mitad del foco del Sol y la Tierra. Por lo demás, el movimiento migratorio de esta tarde, si los pirómanos y otros delincuentes lo permiten, va a poner a dormir a las palomas un poco antes de lo habitual, y sacar a los jabalíes de la zona de confort antes de la disco móvil, y el lobo igual se lanza a una patrulla nocturna interruptus por una cuestión emocional que hace siglos, por menos, te subían a lo alto de una pirámide y te arrancaban el corazón de cuajo. Vamos a observar cómo canta la meata después de ese troleo que le va a hacer la Luna al Sol. Por documentar un poco el asunto, hace cuatro mil tacos, en la China que no se amecía con Pedro Sánchez le dieron matarile a dos astrónomos de confianza por saltarse el detalle impertinente del apagón. En 1912, un 17 de abril, al mediodía, tembló la luz en León. Por lo que sea, mi abuela, que me contó casi todo del mundo, no me dio jamás detalle de aquella mañana de chamanes que tuvo que vivir una niña de 12 años. Cómo se vería un viernes en Pascua con gafas homologadas, y poco después de conmemorar la muerte y resurrección de Cristo.