AL DÍA

Juan Gómez Jurado

El planeta de los mismos

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Si no ha leído usted Los Crímenes de la Rue Morgue de Edgar Allan Poe y tiene intención de hacerlo, deje de leer este artículo al menos hasta que lo haya hecho. Es un cuentito de pocas páginas y pueden ustedes rellenar fácil ese hueco antes de que yo se lo estropee. Es esa historia muy famosa por varios motivos, ante todo por el hecho de inaugurar la novela de suspense, los crímenes de habitación cerrada que luego tanta gloria darían a Conan Doyle, a Agatha Christie y, efectivamente, a mí. Por no liarme les resumo que un crimen especialmente salvaje ha sido cometido en una casa de esa calle. Los únicos testigos de ese estremecedor sujeto son auditivos, algunos ciudadanos que pasaban cerca del piso y los vecinos. Todos ellos hablan, pues, de oído y narran atronadores gritos por parte de las víctimas (dos mujeres) de otros gritos si cabe más salvajes que salen de las gargantas de los criminales. Y ya, ya estoy donde quería.

Uno de esos criminales es identificado enseguida por todos los escuchantes como francés, pero el otro habla un idioma extranjero que, y esto es lo fascinante, un francés identifica como español, un español como alemán, un alemán como ruso y un ruso como nigeriano. Al final (aquí viene el spoiler) Monsieur Dupin descubre el verdadero dialecto de ese asesino: es un gorila, un gorila que un marinero (el francés) había acercado a París con la intención de venderlo a un zoo o a un circo. Un simio enloquecido con fuerza y agilidad como para cometer esos crímenes.

A todos nos ha pasado, vamos en el metro solos en un vagón lleno de gente que no habla nuestro idioma y sentimos, sin quererlo la mayoría, una cierta amenaza que se hace mayor gradualmente cuanto más alejada de nuestra costumbre está esa lengua: menos si son franceses, ingleses o portugueses. Un poco más si son holandeses o alemanes... Tremenda si cacarean en rumano y definitivamente pavorosa si se trata de algún idioma africano.

No deja de ser un primitivo mecanismo de protección, igual cuando éramos nosotros los gorilas, identificar un gruñido que no proviniera de nuestra especie o, incluso, de nuestra comunidad, suponía la vida y la muerte. Pero hoy suena a eso precisamente, a primitivo. Si hemos dejado de asustarnos cuando llueve, estoy seguro de que podemos normalizar que alguien no hable como nosotros sin sentirnos inseguros. Desgraciadamente esto explica muchas cosas vividas hoy. Les dejo intuir a cuántas de aquellas me refiero.