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Por deferencia hacia algún raro lector menor de edad, comenzaremos con un símil: a uno siempre le han parecido algo estrambóticas esas personas que a la vez que corren se cronometran. Salvo que sean atletas de élite, claro, en pos de una marca o de una copa que colocar en la estantería de su vanidad. Estamos refiriéndonos al mejor deporte que se puede practicar sin bambas ni calcetines. La danza en horizontal. Bailar tumbado no es bailar y todo eso, a estas alturas ya me han entendido hasta en casa. Con los récords de alcoba no conviene obsesionarse. Hay puertos que a cierta edad ya no se pueden ni intentar y basta con coronar metas volantes. Aspirar al maillot blanco de la montaña ya son palabras mayores. Como en el boxeo, no puntúa tanto el número de golpes como su intensidad. Lo sabe de memoria cualquier septuagenario audaz. Lo importante es participar. Hoy uno de esos gadgets con apariencia de reloj futurista no sólo te cronometra sino que te recomienda que acudas a tu médico de cabecera cuando alcanzas esas tropecientas pulsaciones en el culmen de tu deporte real favorito. Menos mal que el cigarrillo de después baja esos picos delatores. Y que, por ahora, no tiene conexión con tu centro de salud. Aunque a algunos, menos inteligentes que su reloj inteligente, ni falta que les hace: ya se dio el caso en que uno de esos hombres de fe ciega en la tecnología acudió a consulta porque su chivato de muñeca le indicaba que no tenía pulso. Cero. El doctor –uno de esos beneméritos profesionales de urgencias que torean sin inmutarse cualquier miura que les echen– diagnosticó como si fuera un caballero inglés: «Se aconseja reparar reloj inteligente». No se puede tener más mano izquierda. Alguno habrá que le reproche que no sea técnico diplomado en microchips. La tecnología aplicada a la cama, que uno sepa, ha tenido dos grandes hitos: la ortopedia de los juguetes y la coralina, ese material que hace de las sábanas una caricia para el cuerpo entero. La intensiva experiencia de la coralina, por lo demás nada intrusiva, es una maravilla que no recuerdo haber visto alabada en negro sobre blanco. Y ya es hora que se hable de ella, aunque se nos agoten las pilas, digo las líneas.