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Salvo para los veraneantes, lo mejor del verano es que se termina. Quienes vivimos en un pueblo costero tenemos diversiones no menos infernales que las cada vez más frecuentes olas de calor. No sé, de repente oyes un chimpampún marchoso que traspasa el climalit y te preguntas: «¿Qué es esto?». La respuesta es sencilla: una verbena en una plaza. Comoquiera que la verbena está pensada para el público de la tercera edad, al que se le presupone dureza de oído, tienen la gentileza de poner el equipo a un volumen equiparable al de los Rolling Stones en el Bernabeu. Sometidos a ese volumen, los mayores medio sordos pueden acabar sordos del todo. Pero nadie ha dicho que la diversión tenga que ser compatible con la salud, y menos aún con la salud auditiva. Por desgracia, la música ensordecedora se acaba a las 2 de la madrugada. Por suerte, a esa hora atruena el relevo: un dj ameniza una fiesta en las inmediaciones. Ya no es que el sonido de la música traspase el climalit, sino que lo hace vibrar. Se trata de un evento de gran éxito, según las autoridades municipales que lo organizan: miles de menores de edad y de adolescentes que se echan unos tragos de refrescos azucarados hasta las 5 de la mañana. Algunos festejantes persisten un poco más, pues el consumo de azúcar les potencia la energía y les retrasa el sueño, de modo que, entre las 5 y las 7 de la mañana, van desfilando por las calles del pueblo haciendo las cosas propias de la juventud: mearse en las fachadas, pulsar los telefonillos automáticos, estrellar botellas o cantar a todo pulmón coplas regionales o pelearse un poco si se produce una desavenencia de orden antropológico entre cayetanos y kanis. En nombre de la libertad de expansión, la policía no interfiere en esos esparcimientos culturales y ni se le ve ni se le espera. Hay vecinos retrógrados que se quejan de no pegar ojo durante toda la noche, pero ¿qué quieren? ¿Dormir, soñar acaso? Para eso están las épocas de frío. Por si fuera poco, disfrutamos del paso —cada 20 minutos— de un alegre trenecito turístico que anima nuestra monotonía con una sirena de ambulancia y con una campana tañida con entusiasmo por el conductor, un hombre muy festivo que, a través de un megáfono, anima a los pasajeros a berrear a la manera prehistórica cada vez que avista a un transeúnte.