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Entre acuerdo y desacuerdo no hay nada más que el diálogo. Este, según los manuales democráticos, consiste en llegar a una postura intermedia tal, entre dos contrarios, que ninguno de los dos pueda decir que ha perdido. Pero sin que ninguno pueda sostener que ha ganado. Esta moral del empate triste, ese ten con ten entre pacto y pugna, permite desatascar muchas situaciones peliagudas, en las que los contrincantes son lo bastante fuertes como para no ceder, pero no lo suficiente poderosos como para imponerse. El problema que surge, cuando se convierte en la forma habitual de proceder político, es que aboca a un gobierno inevitablemente enteco y débil, de forma permanente obligado a parlamentar y convenir, discusión tras discusión, hasta la más mínima y elemental o necesaria de las reformas.

De esa manera, no hay forma de llevar a cabo ningún plan ni de cumplir un programa electoral. Se prorrogan presupuestos y se apoltrona la obra pública. Lo vimos con el primer gobierno minoritario de Sánchez, y por desgracia lo seguimos contemplando en el segundo y tercero, estos de coalición, en los que metió a la oposición en el gabinete, al enemigo ideológico en el consejo de ministros. De lo que ya no se acuerdan tantos españoles es de la primera tentativa de llegar al poder del actual presidente, cuando lo intentó con el apoyo de Ciudadanos y los canarios. Fue la primera investidura fallida en segunda ronda de nuestra democracia, ocurrió hace diez años, en 2016, y de ella se extrajo la lección de que los acuerdos futuros serían siempre con los perfiles ideológicos situados a la izquierda del socialismo. Desde entonces, se timonea el país sin presupuestos, con acuerdos puntuales en asuntos de común interés con formaciones incluso de declarada vocación anticonstitucional.

La incapacidad para departir con la totalidad del espectro democrático de un político que es heredero directo de aquel que enarbolaba el diálogo como bandera, a uno casi es lo que más le ha sorprendido de Sánchez como presidente. Digo casi porque ha protagonizado al menos otros dos momentos memorables: el «sincorbatismo energético» y los «moscosos de tribulación» que se cogió para meditar sobre su futuro. Desde luego esa absoluta falta de cintura es lo más relevante en el plano político, esa total ausencia de mano izquierda, esa falta de política en un político.