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Sube y baja medio mundo por la calle Ancha, estrecha foto. Toda ciudad tiene una calle como esta que amontona trajines y sirve de escaparate. Un tontódromo. Lo es esta que fue del Generalísimo (desfilen, ¡ar!), sobre todo en horas de fragor tenderil con mucha paisana porteando bolsas. El ecosistema provinciano de lento paso local se puebla en fin de semana con otras especies, guiris y forasteros en oleadas, pandas lejanas de tontuelas que vienen a darlo todo con una diadema de pollas y tíos con faldas de tutú con tumbos de mamaos y voceando su alegre desgracia. Nunca faltan dos mormones con camisa blanca y corbata que llevan al Verbo en su mochila de verdades terribles, jubiletas en cantidades industriales, algún colgao de greña o pantalón bucanero, otro con su flauta mágica, un aula de guajes en chándal con monitor excitado, cuatro señoronas de pelo cardado y hablando a la vez, no pocos tipos con periscopio en los ojos babeando intenciones ante tanta criatura al paso y carne de buen ver. Gran retablo. Recontando ese ganado se retrata una ciudad sin salir de esta calle. A las en punto, el carillón de Botines se pone vaticano. Y siempre es buena hora para el nombre propio: ahí va Gregorio Tariles, el del pufo de los bonos en la Caja sin caérsele la cara de vergüenza; detrás, Dionisio Rodrigatos que sólo mira escaparates por robar ideas, tiene tienda en Astorga; y Mariví del Vigo, de negro Rouen y foulard azul-braguita, separada hace seis años, va con una amiga sin disimular ser ya lobas. Baja un canónigo de paisano y sube un cura joven con alzacuello sin poder ocultar que es un kiko. Suben tres viejas para volver a bajar. Baja El Ejido peatón. Sube chavalería pollita, desbragada y rompedora. Un divorciado con niño sube a ver a ese colega suyo en bronce ante la Catedral que parece ecologista urbano y sexador de cigüeñas. Pero hay que parar la noria. Se forma un corrillo: Orencio Mastarde Después, funcionario de la excelentísima; Antonio Maza de la Masa, constructor y destructor; Ramón Peñín Cañones, comandante retirado echando pestes de la Robles, y su señora, Amparito Coronela, que le mete prisa. Es la hora de comer.