EL RINCÓN
Perro sin amo
Cuando salió la lista de periodistas del ministerio del Interior, me la descargué rápidamente con la ilusión de que mi nombre apareciese allí. No lo encontré y eso ha supuesto un nuevo golpe, quizá definitivo, a mi autoestima. Los papeles de Marlaska me han ofendido sobre todo por los compañeros cuya trayectoria aparece brutalmente resumida en una línea: «Defiende las tesis del Gobierno». No se me ocurre insulto más atroz para un periodista, sea cual sea el color político o la dimensión territorial de ese Gobierno. ¡Un poco de piedad, ministro! Yo hubiera pagado dinero por ser definido «perro sin amo», el brillante calificativo que se adjudicó a sí mismo Pedro Sánchez. Los dueños de perros callejeros sabemos, sin embargo, que su comportamiento responde a extrañas motivaciones. El mío, por ejemplo, desde que lo cogimos de la protectora, manifiesta un odio muy ruidoso contra los negros y los ciclistas que van con casco. Les ladra como si quisiera expulsarlos del parque. Eso me despierta preguntas inquietantes: ¿Le estaré recogiendo las cacas a un perrito ultraderechista? ¿Me lo encontraré de número 3 en las listas municipales de Vox? Eso me dejaría, como periodista, en una posición muy delicada. Los perros, tengan o no dueño, se conducen de manera veleidosa. De este modo, el perro callejero Sánchez ladra mucho en la distancia a Trump, pero se contonea y mueve el rabito cuando se le acerca Mohamed VI. Me gustaría saber por qué. ¿Llevará Mohamed VI chuches en los bolsillos? ¿Olerá a filete? Me temo que la respuesta a nuestras inquietudes no la encontraremos en los informes del CNI. Habrá que revisar, por si acaso, los boletines semanales de «Pelopicopata».