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El Año Nuevo se inicia en septiembre en el ancho océano de la enseñanza o en los procelosos mares de la radio y la televisión; su nuevo curso es un nuevo año. ¿Por qué no gobernarse así el resto del mundo y de la vida?... ¡al carajo el viejo calendario de puro manido ya!... hágase coindicir el año con el curso, caiga el Año Nuevo el 1 de septiembre y ¡santas pascuas!, todos en el mismo plan. Y menos lío. Nuevo ejercicio económico, nuevo ordenamiento de los pasos y conteos. La vida anual comenzaría en otoño, ese ensayar un morir, para acabar en verano cuando la explosión vital y natural está en su cima. Psicológicamente nos vendría bien. Por lo demás, así tendríamos vacación pronta en Navidad, repetiríamos jugadita en Semana Santa y, llegando el verano, vacaciones tipo escolar, gran conquista laboral extendiendo el asueto estival a no menos de dos meses, esa gran conquista del mundo de la enseñanza, y alcanzando así el sueño de toquisque ya de antaño: el trabajo de un cura (misa, media hora; sacramentos, una) y las vacaciones de un maestro... Y ya puestos, estableciendo de una vez la jornada laboral de tres horas que ¡ya en 1880! preconizaba Paul Lafargue (de familia franco-española y yerno de Marx, que le censuraba; periodista, médico y profeta del feminismo) en su «Derecho a la pereza», escrito para refutar el «Derecho al trabajo» (Louis Blanc, 1848). El trabajo corresponde a los esclavos, decía Aristóteles. Pues tres horas. Creía Lafargue que así el hombre podría cultivarse dedicado a las ciencias, las artes y al descanso creativo, hobbys. Derecho al bienestar. Lógicamente, la jornada de tres horas crearía más empleo y reduciría drásticamente el paro, si es que no lo haría desaparecer definitivamente. Eso decía Lafargue, que por haber vivido años en España tras ser expulsado de Francia dijo «para el español, en quien el animal originario no está atrofiado, el trabajo es peor que la esclavitud». Alabó esa rasgo natural (y la devoción a santa Pereza del Niño Jesús, digo) y, sin embargo, despreció a los gallegos afanosos, lo mismo que a los escoceses y a los chinos. Lafargue se pide una relectura sin prejuicios.