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Si tuviésemos que elegir las festividades religiosas de más incidencia o devoción en la geografía española, la cosa no sería nada fácil. Seguramente, tal día como hoy, Día del Cristo por antonomasia, aunque bajo múltiples advocaciones, es una de las grandes. León es una fiesta con tal motivo y devoción. Y entre las poblaciones que hoy se ponen de tiros largos, la gordonesa Llombera, la antigua Pomblera, término con el que algunos especialistas explican el origen etimológico del topónimo, derivado de plumbum (plomo), quizá por la existencia de minas de este mineral. Quiere decir, en caso de que el asunto sea así, que las raíces mineras están bien asentadas en la tradición, que se fortalecieron desde finales del siglo XIX con la presencia del carbón. Fue dicho popular lo de «mineros buenos, los de Llombera». Con el cierre de las minas, la pobreza demográfica y el silencio se apoderaron de este entorno, a unos 1.300 m de altitud y con paisajes sorprendentes de altísima calidad. El mejor argumento para la visita es que merecen la pena.

Por Llombera no se pasa, a Llombera hay que ir: fue esta la primera enseñanza de quienes me inculcaron las bellezas de este territorio concreto y querido: el tío Machín, el Maño, Zacarías, Celedonio. Hay que llegar, por la N-630, a Huergas. Y desde aquí, la desviación al destino. «Hay que ir atentos —me decía el tío Machín en sus descansos mineros que tantas veces compartí-, porque —y lo subrayaba elevando la voz y la pausa— entre Tamba, Tambica y Tambicón, hay un tesoro que vale más que la ciudad de León», leyenda que se completa con el dicho del tesoro que «ha de salir a punta de reja o a resbalón de oveja».

Contemple, convertido en viajero ocasional o caminante, a su aire. Y elija, si ha de hacerlo. Pero, al margen de iglesia, fuente y callejeo, recuerde que Llombera tiene, entre otros galones, el de la antigüedad, pues ya aparece citado en el siglo IV por razones que ahora no vienen mucho a cuento. Y el de la ermita del Santo Cristo de los Remedios, por la que el Maño, que me parece que tuvo mucho que ver con la presencia de las lámparas mineras, siempre me hizo sentir debilidad y ternura. En el centro de la población tiene un vínculo con la vitalidad de su historia y ha significado el encuentro de muchos ofrecimientos. No es que la imagen tenga un especial significado artístico, es cierto, pero su valor religioso y afectivo sigue siendo profundo, con el acompañamiento tan simbólico de las lámparas de la mina que iluminan su pequeñez.

Las grandes alegrías de la vida se esconden con frecuencia en las cosas sencillas. Por eso el radio de acción debe ampliarse, no ocurra lo que el Maño me recitaba con tristeza y ha de entenderse en su código simbólico: «Cuántos van a Llombera por ver al Cristo! ¡Cuántos hay en Llombera que no lo han visto!».