Diario de León

PANORAMA

Manuel Cruz

Criticar al crítico

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A poco que se piense, no deja de ser sorprendente el modo, tan sesgado, en el que en nuestra sociedad se reclama rendición de cuentas. No sucede que, como parecería razonable, la reclamación se encuentre acorde con el poder que se detenta o la influencia que se tiene. Si pensamos en este segundo caso, comprobamos de inmediato que figuras como las de algunos analistas o intelectuales mediáticos pueden jugar un papel determinante a la hora de configurar la opinión pública. Sin embargo, no es el caso que se les exijan explicaciones de ningún tipo por sus opiniones, por influyentes que hayan podido ser. Tal vez por eso, porque no se suelen ver presionados en dicho sentido, por lo que resulta casi insólito que alguno de ellos vuelva en público sobre lo que desde el presente es evidente que constituyeron errores para, al menos, intentar corregir las ideas equivocadas a las que pudo inducir.

Solo en un diario de difusión nacional recuerdo que existía hace un tiempo una sección fija, por la que iban desfilando los colaboradores más antiguos, y en la que reconocían aquellas opiniones suyas pasadas que ahora consideraban por completo erróneas. Pero, incluso en esa tesitura, eran patentes sus notables resistencias a una autocrítica mínimamente radical. O incluso, más allá, en ocasiones daba la sensación de que algunos de los que allí escribían utilizaban la apariencia de un severo examen de sus actitudes de antaño no tanto para el cuestionamiento de nada importante como, por el contrario, para la propia reafirmación.

Considero relevante el ejemplo de esta actitud porque, paradójicamente, no se encuentra muy lejos de la que suelen mantener esos representantes políticos tan criticados por ellos. En efecto, en la mencionada sección no faltaban quienes optaban por lo que bien podríamos denominar autocrítica farisaica, consistente en atribuir la causa de sus errores no a ninguna característica personal negativa sino —sorpréndanse— a una virtud. El recurso recuerda al de aquel personaje de ‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?’ encarnado por Kiti Mánver que, después de soltarle a la cándida prostituta representada en la película por Verónica Forqué una maldad de arpía genuina («¿te ofendo yo llamándote puta?»), se decía a sí misma, mientras se limpiaba con la aguja de tejer los restos de comida de entre los dientes, «esto me pasa por demasiado buena». Pues bien, en lugar de «buena» pongan ustedes «ingenuo» «joven», «crédulo», «confiado» o cualquier adjetivo equivalente y obtendrán parecida manera de fingir autocrítica a base de autoatribuirse un exceso de virtud. Si la idea de que todos los políticos son iguales contribuye a debilitar notablemente la democracia, que quienes los critican se parezcan tanto a ellos constituye, por la misma lógica, peor noticia (si cabe).

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