Diario de León

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El hambre y sed de justicia no solo lo son de pan. El pueblo puede reclamar transparencia en los asuntos públicos y hasta manifestarse contra los impuestos que asfixian, porque, aunque hacienda seamos todos, y a todos nos trate por igual, existen baremos y siempre hay algunos que son más iguales que otros. El hambre y sed de justicia no solo lo son de pan, pero cuando son de pan, como dejó advertido Quevedo, «no sabe pueblo ayuno temer muerte». En esa falta de miedo reside la fuerza de los emigrantes desde tierras famélicas o tiranas para montar en una patera y echarse al albur de cruzar el mar inmenso en una cáscara de nuez. El nervio de la necesidad. Se dice del amor, pero lo que mueve al mundo es el hambre. Antes que el instinto de reproducción siempre está el de supervivencia, aunque a veces la estrategia para sobrevivir sea reproducirse. Así sucede en los países donde la esperanza de vida es más baja.

Los gobiernos de las naciones del mundo que son receptoras de inmigrantes que huyen de una muerte segura en sus lugares de nacimiento, en términos generales, han respondido durante años bastante aceptablemente a ese clamor, comprendiendo que ese problema, sin ser estrictamente suyo, era una causa humanitaria. Acoger a exiliados políticos o alimentarios se ha hecho, con las debidas restricciones de entrada –a veces crueles– para mantener cierto control de las fronteras, pues, como en toda materia susceptible de negocio, surgieron con fuerza mafias de trata de personas, ávidos delincuentes comerciando con el dolor de los más débiles. Los límites establecidos contra el tráfico de personas han sido más porosos que los empleados contra la circulación de drogas. Y, aunque no hay datos concretos, también cabe deducir que los presupuestos dedicados a la inmigración son más altos, y cada vez más volcados en el socorro, que los dedicados a combatir las sustancias tóxicas ilegales.

La ayuda humanitaria, piensa uno, a nadie debería parecerle mal. Pero sucede e igual necesitaría un esfuerzo divulgarla entre aquellos que por defecto juzgan amenazantes a las personas por su lugar de nacimiento o su color de piel. No por el saldo migratorio en una nación en riesgo de convertirse en país para viejos, ni porque esas personas vengan a ocupar los puestos de trabajo más gravosos, sino por eso: simple humanidad.

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