Madrid
Es un sábado por la noche. Un hombre de unos cincuenta años, con su sexo al aire, sin camisa, con una tripa más grande que Las Ventas, está orinando sobre uno de los desgraciados árboles del madrileño parque Agustín Rodríguez Sahagún. Pasan chicas jóvenes, pero al tipo le da igual la exhibición de sus roñosos genitales. Va de cerveza hasta el tuétano. En el aparcamiento que está al lado de las Canchas hay mesas y sillas y gente cantando y gritando y jugando a las cartas, con altavoces portátiles con decibelios apocalípticos.
Yo vivo en ese barrio, y he llamado mil veces a la policía. Llamar a la policía en Madrid, al 092, cuesta dinero. Todas las compañías telefónicas te avisan de que si llamas al 092 se te cobrará la llamada aunque tengas la tarifa más plana del universo. Que llamar al 092 sea de pago me parece insólito, aberrante. Al final me he plantado yo mismo delante de esta gente y les he tenido que explicar que el espacio público y que la memoria de Rodríguez Sahagún se merecen un respeto. El espacio público no puede ser enajenado por unos pocos.
El parque, concebido en su día como un pulmón verde para el distrito de Tetuán y un punto de encuentro para el deporte, se ha transformado actualmente en un territorio nauseabundo donde reina la barbarie. Lo que debería ser un oasis urbano es hoy un macrobotellón permanente, un urinario a cielo abierto de fealdad, de cochambre y reguetón que pringa tus oídos de excremento acústico. Caminar por aquí cuando cae el sol es presenciar la degradación y la fealdad de un parque que podría haber sido hermoso y digno. Basura acumulada entre la hierba, cristales rotos de botellas que a la mañana siguiente esquivan los niños y las mascotas, y un olor penetrante a orines que se impregna en las paredes de las viviendas más cercanas.
La respuesta de quienes deberían velar por el descanso y la seguridad de los vecinos es el silencio o la encogida de hombros. Tener que encararte tú mismo, a cara descubierta y rozando el peligro, con un grupo de desconocidos ebrios para exigir algo tan elemental como el civismo es el síntoma definitivo de que la administración no funciona. La inacción institucional nos condena a los residentes al insomnio y a la depresión.
Me acuerdo de Agustín Rodríguez Sahagún, que fue un político decente, que hizo mucho por la democracia y por Madrid, y que fue un buen hombre. El homenaje a su memoria no se merece esta canallada, esta fealdad, esta falta de respeto. Salta a la vista que las dotaciones de la policía municipal en Madrid son insuficientes. No puede ser que un parque público se convierta todos los fines de semana en un albañal. Porque la belleza de nuestros parques nutre la belleza de nuestras vidas.