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Españoles, a votar

Un ciudadano introduce su voto en la urna mientras los miembros de la mesa electoral supervisan el proceso durante la jornada de votación
Empieza la carrera por la remontada electoral propuesta a su partido por el todavía presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez. Le avala en el intento su fama de «artista de la supervivencia». Así le han calificado en la prensa alemana al conocer su decisión de adelantar las elecciones generales al domingo 29 de noviembre. Es la octava vez que se adelantan en democracia y siete de ellas fueron decididas por presidentes socialistas. La octava fue la de Calvo Sotelo en 1982, que dio lugar a la histórica barrida del PSOE de Felipe González. Algo comparable a lo que puede ocurrir en esta ocasión, pero con los papeles cambiados en la pugna derecha-izquierda. Es muy adversa la cartografía demoscópica de Sánchez: hundimiento del PSOE, mantenimiento del PP, subidón de Vox y futuro incierto para las izquierdas extremas, que pueden capitalizar el efecto «Maricarmen» si recomponen la desbandada y encuentran un líder —o lideresa-, que las junte en un programa de acción compartida. Acortar los 12-15 puntos porcentuales que separan una eventual mayoría de izquierdas de la cordada derechista (PP-Vox, básicamente), a efectos de reeditar una hoja de ruta «progresista", parece tarea imposible. Pero los estrategas de la Moncloa ven posibilidades en al menos igualar el resultado del PSOE al del PP, ahora separados en torno a unos 5 puntos. El escenario no es inverosímil: PSOE gana, empata o pierde por muy poco con el PP, aunque Feijóo forme gobierno con Vox (la suma de las dos derechas arroja una sobradísima mayoría absoluta). Es a lo más que puede aspirar el partido de Sánchez, habida cuenta de que las estrategias del PP son manifiestamente mejorables. "Vamos a trabajar para ganar", dice. Pero se equivocará de nuevo si cree que el desahucio de Maricarmen puede derrotar a las joyas de Zapatero. Ni a otros males, como la soledad parlamentaria, la propia fractura del Gobierno, pérdida de calidad democrática y la inestabilidad política que frena inversiones, alimenta la polarización y daña la marca España.