CUERPO A TIERRA
Salud mental

Los celos son una forma de temor, que es una pasión egoísta porque el hombre se distancia de todo cuando el temor le invade, como escribió Fulgencio Arguelles. Al doblarse sobre sí, aislándose del alrededor, la persona concentra todas sus potencias en un solo punto, en la obsesión irracional de su miedo, que no deja de serlo aunque esté fundado, ya que lo ocupa todo. Dejar de ver y considerar el resto del mundo, concentrándose en su aprensión, es una amputación traumática del ser. Ese ser demediado se ha vuelto incompetente para ser efectivo dentro de la existencia corriente. El egoísmo de sí mismo, esa incapacitación sobrevenida, esa minusvalía por concentración mental intensiva en un solo asunto, puede llevar a cometer barbaridades porque obnubila la razón, absorbe la percepción normal de la moralidad y, como un chorco de lobos, conduce en ocasiones a una única solución profundamente errada: el uso de la violencia contra otros o contra sí mismo. No sucede solo con los celos. Vale para cualquier forma de temor que se enseñoree de la psicología de una persona.
Las anteojeras del recelo ofrecen un plano único y esa visión pasa a convertirse en el único argumento de la vida del enfermo que padece uno de los peores males de nuestra época.
Hablamos de las enfermedades de la psiquis, que celebran este sábado el día mundial de la salud mental. Nuestro siglo, con un modelo de vida centrado en la prisa y las presiones sociales, hiperconectado, está generando más desórdenes que cualquier centuria anterior. La ecuación es irrebatible. La razón ni se crea ni se destruye: se trastorna. Son tantos los factores de riesgo en estos tiempos, que son pocos los que pueden tirar la piedra de los limpios de pecado. Genética, experiencia vital o estrés son algunos de los detonantes que conducen hacia un desequilibrio que, por no dar muestras tan evidentes como otras afecciones en sus orígenes, a menudo queda sin tratar. O cuya gravedad queda rebajada u oculta bajo el amparo del paternalismo del «ser diferente» o el paraguas popular de algún remedio casero e inoperante. Tampoco la opinión pública se atreve a afrontar de frente la lacra del suicidio como secuela de problemas psicológicos subyacentes. Y, como blasonan las instituciones que se ocupan de estos males, «no hay salud sin salud mental».