Más historias que nunca en el Planeta
Decía Ana María Matute que «escribir es siempre protestar». Como la política, el contraarte de hablar mucho sin decir nada. Templanza, amigo Sancho y compañeros de viaje, que apenas nada tiene límites, como las mil y una maneras de mirar el agua o el centenar más de maneras de preparar la ensaladilla rusa de Tierra de Campos —aquella tierra mal bautizada de Torbado-, con añadiduras de los sumos sacerdotes del manduque, que de todo sacan tajada o, al menos, lo intentan. Es verdad, y adelanto mi venia, que no son excesivamente literarias estas apreciaciones iniciales, aunque también lo es que no pocos asuntos se escapan a los ojos de cuantos escritores pueblan el ancho mundo. ¿Se pueden imaginar cuantísimos miles y miles de historias se han acercado al Premio Planeta para acariciar sus mieles durante setenta y cinco años de vida que lo contemplan? Solamente este año, con motivo, además, de convocatoria tan redonda, 1.424 obras son las que llegaron de todos los rincones del mundo, la cifra más alta de la historia. Ahí eso que llaman creciente interés, que algo tendrá el agua cuando la bendicen, a pesar de quienes siempre desean que baje turbia.
Aun siendo también el tiempo limitado como es, setenta y cinco años dan mucho de sí, más si lo literario se marida, inevitablemente, con la vida, con gustos, anécdotas, gastronomía, encuentros, amistades, chascarrillos y el etcétera lógico de los olvidos que a todos nos acechan. Que todo ello se da en el mismo abrazo. Llegado a este punto, no puedo olvidar la pluma peculiar de aquellas crónicas gallegas —gallegas y universales, naturalmente— del ínclito y cercano, curioso y extravagante a veces, periodista leonés que afiló su prosa en el Faro de Vigo: Manuel de la Fuente, que recomendaba a los periodistas jóvenes que «si quiere usted asegurarse el pan, dedíquese al obituario: clientela no le va a faltar». Nunca le faltó la retranca, ni siquiera en las muchas crónicas a que dio lugar su visión e inmersión en el Premio Planeta. Sería esta buena ocasión para poder leerlas, reunidas. Pero vaya usted a saber dónde están, porque al bueno de Manolín —diminutivo de alta bondad y baja estatura— hubo alguien que no lo dejó en paz ni después de muerto, aunque ya nadie podía quitarle lo bailao.
El próximo día 16 habrá muchas crónicas de diverso origen e interés. No puede ser de otra forma, aunque haya mil maneras y una más de mirar el agua. Y es que el día anterior, como manda la tradición, se falla el Premio mejor dotado económicamente y de mayor prestigio lector. Será en el Pabellón 1 del Recinto Montjuïc de Fira de Barcelona. Con este Jurado: Luz Gabás, Pere Gimferrer, Eva Giner, Carmen Posadas y Belén López, a los que se suman este año Paloma Sánchez-Garnica y Javier Sierra, que sustituyen a José Manuel Blecua, fallecido el pasado mes de mayo, y Juan Eslava Galán, que ejerció como miembro del mismo durante diecisiete años.
Aquí, una breve imagen de un escenario entre real y sugerido. Como la novela, el género que ha traído más de mil historias al río mágico de los sueños Se puede pasar sin llamar. Será bienvenido.