Diario de León

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Antes de convocar elecciones, Sánchez consultó todas las bases de datos y las IA disponibles, las estadísticas del INE, las cartas del tarot y los hexagramas del "Yijing". Pero no fue hasta que vio "La bola negra", ese melodrama sobre la supervivencia emocional de la Guerra Civil, cuando echó cuentas para que no lo echen de La Moncloa. Más de dos millones de espectadores a los que sumaría los cuatrocientos mil del fiasco almodovariano, más la pedrea de otros bodrios subvencionados y la nostalgia infinita de los nietos del exilio, arrojarían una cifra incalculable a la que vender su programa falaz contra la derecha y la ultraderecha. A ese cómputo ficticio, por desgracia, debería descontarle los cuatro millones de facinerosos espectadores de "Torrente, presidente" y sacaría un saldo muy negativo. Así no hay quien salve a la patria de sus enemigos.

Enarbolando la bandera del lado correcto de la historia, por más manipulaciones que introduzca en la votación, no logrará enderezar la tendencia en las encuestas. Es un error ideológico atribuirse una impostura tan sucia. Si el lado correcto de la historia es perpetuarse en el poder solo para protegerse y proteger a los suyos de las amenazas de la ley, eso lo situaría en sintonía con la dimensión oscura de la historia, en el círculo infernal de los sátrapas y dictadores del pasado. Abusar de los valores progresistas, fingiendo defenderlos a muerte, cuando solo se pretende comprar el voto de los ingenuos a cambio de un puñado de ilusiones vacías, es un desafuero político intolerable.

La polémica populista sobre los decretos de vivienda, con el cadáver desahuciado como foco de la protesta callejera tergiversada, evidencia esa estrategia desesperada. Desperdicia ocho años de gobierno sin proporcionar recursos inmobiliarios a un país que los necesitaba como la lluvia y cuando le conviene se transforma en víctima de poderes financieros ocultos para atacar a sus adversarios, exhibiendo una idea del poder viciosa y sediciosa. Y encima exige que se le vote para revalidar una gestión ineficiente, una incompetencia sistémica y una indiferencia brutal hacia los problemas de la gente. Y todo ello, insisto, proclamando con descaro que se ubica del lado correcto de la historia. El lado correcto de la historia, por lo visto, es el de los corruptos y los malversadores de dinero público. Una pesadilla de la que debemos despertar cuanto antes. Bola negra, por tanto, para Sánchez y sus siervos. Toca elegir. O democracia o sumisión.

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